viernes, 28 de diciembre de 2007

Noche final

Se me corrió la visión a un viejo retrato
Y la razón perdió sus ojos de faro
En la ventana asomando vi un rostro macabro
El vaso de vino se rompió en pedazos.

La noche muy negra se probaba mi traje
La bola girando cayó en mi calle
Se anunciaba en secreto sonriendo a mi cuello
Y balbuceando una copla sus dientes clavó.

Con las manos hinchadas y la sangre helada
Mi corazón como un trueno mostró el terror
Estancado en el tiempo muy ido del centro
El esplendor de mi cuerpo se desintegró.

Arrastró mis harapos de niebla y fracasos
Con el pecho abultado la muerte triunfó
Sin testigos ni armas que prueben su saña
Ahorcando a su presa mil deseos colmó.

Se esfumó mi conciencia hasta la nada del cielo
Y la carne ya quieta fue presa del suelo
En medio del inmenso silencio el viento sopló
Como haciendo campana una ceremonia silbó.

En el lugar hubo un hueco de odio y dolor
Mis nervios como estatuas de impulsos ajenos
Una vez reducido a un recuerdo de pocos
Desencajado en el tiempo mi grito se oyó...

Hechizada


Distorsión


Ellas y yo

Entre ella y vos forman mi doble filo
Y vuelvo sin culpa después de tocarla
Sólo ella sabe callar y llorar junto a mi piano
Es que sin ella pierdo el timón de mi balsa
Pero sin vos me falta el mar, el viento, mi mapa
Es como vivir a destiempo en un espejo roto
Es sufrimiento impar, buscando tu abrigo y su calor
No sé vivir de otra manera, si me falta una me faltan las dos
Muero en tus brazos pero a ella siempre vuelvo
Cómo quema esta herida, quiero parar el tiempo
Recuerdo esa vez mujer que me diste a elegir…
Y yo te dije las quiero a las dos, las quiero a las dos
No puedo elegir, las quiero a las dos, las quiero a las dos
¿No te das cuenta mi amor? Somos la naranja ideal
Mis dedos pueden tocarla, pero mis manos son tuyas
Como ella decís hay miles, para mí igual no hay nada
Igual a vos vuelvo ciego buscando aire y palabras
Hasta encontrar descanso en tu almohada perfumada
Ya no lo sé evitar, las quiero a las dos, las quiero a las dos
No puedo elegir, las quiero a las dos, las quiero a las dos
Es que a vos podré amarte pero a ella no quiero dejarla
Es que vos sos mi mujer, es que ella es mi guitarra.

Lips


lunes, 24 de diciembre de 2007

Prohibir


miércoles, 19 de diciembre de 2007

Papel en blanco

Me mira, lo miro.
No dice nada, nunca nada.
Paciente espera mi palabra.
En blanco me tortura.
Pienso, siento, casi existo.
Recuesto el cuerpo.
Busco un signo inicial.
Vuelvo a enfrentarlo.
Nos miramos.
Lo intento, juro que lo intento.
Amago y más silencio.
Ideas negras amontonadas.
Noche negra sin luna.
La lluvia quiebra la sordera
Y se niega a ser musa hoy.
Sigue en blanco perfecto.
Sigo en blanco imperfecto.
Cigarrillo eterno.
Vino bordó.
El pecho un pozo abismal.
La pluma nerviosa no eyacula su tinta.
Mi pez boquea en la ladera.
Sinapsis muda y tiesa.
Espada desafilada oxidada.
Soga al cuello.
Lo miro, me mira.
Me retiro derrotado.
Al menos hoy.
Volveré.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Ido

Hoy es sábado, parece que mi vieja está preparando unos mates en la cocina, mi viejo camina por el fondo, y mi hermana lee algo en su cama. La cosa parece bastante normal. Enfatizo la palabra “parece” porque cada uno de nosotros sabe muy bien que esto no es así. Pienso que estamos todos muy cambiados, que hay varios cruces de opinión que antes no existían. Probablemente porque mi hermana y yo veíamos en nuestros padres la Verdad Absoluta, creo que sentimos cierta bronca por cosas que nos han pasado. Pero tal vez, por otra parte, sea un proceso normal del paso de los años. Como dice Sábato: "Los años, lejos de dañar la memoria, la fortalecen en esos recuerdos que nos marcan verdaderamente y discrimina esos recuerdos inútiles y vagos de la juventud”. O algo así.
No creo importante detallar esas cosas que nos han pasado, y estoy completamente seguro de que si hubiéramos remediado algunas de ellas, estaríamos hoy de la misma manera. Esto es lo que me hace pensar que todo esto sólo es una huella más del maldito devenir del tiempo. Ese tiempo que tanto me roba el tiempo.
Recuerdo una vez, de pibe, de muy pibe, no sé quién me dijo que todos en algún momento nos moriríamos, que eso era natural y que no había que lamentarse, ya que a todos sin diferencia alguna nos pasaría. Esa noche mi vieja estaba en la cocina de nuestra casa preparando algo para la cena, en ese entonces vivíamos en Wilde. Yo me acerqué y le pregunté sobre el asunto, confiando, como todo niño, en que mi madre me daría algo de alivio al respecto. Sin embargo no fue así. Con toda simpleza me dijo que sí, que todos nos moriríamos, porque así es la vida, con su principio y su final. Me quedé mudo. Era un chico, todavía, y se me ocurrieron luego de su fría respuesta miles de preguntas más, "¿Esto significa que en determinado momento no te volveré a ver? ¿Papá también se va a morir? ¿Yo también? ¿Y si me porto bien?” Pero no se porqué, nunca pude preguntarle. Ella, dándome la espalda siguió con lo suyo, y yo, inconscientemente salí corriendo hasta mi mesita de luz, abrí el cajón y saqué de adentro de una cartuchera verde que ya no usaba, algunos billetes y monedas que estaba juntando. Sin dudarlo regresé a la cocina y le dije que ya no lo necesitaba, que por favor lo aceptara, que quería hacerle ese “pequeño” presente. Sorprendida, me dijo: “Que vayamos a morirnos algún día no significa que no tengas que vivir mientras tanto, andá, guardate esa plata y sacate esas ideas de la cabeza.” Desde ese día no pude nunca dejar de pensar en la muerte, no sólo mi muerte, sino en La Muerte. Esto me ha hecho una persona melancólica, nostálgica, y hasta trágica muchas veces.


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Casualmente (¿casualmente?) hoy es sábado otra vez, hace bastante frío, pero igual está lindo. Parece uno de esos días de abril en los que el sol está impecablemente descubierto, pero cansado de tanto verano sólo tiene fuerzas para un calorcito de horno recién apagado. Mi hermana ya se fue a trabajar, hace un rato nomás, la noté un poco callada, como siempre en realidad. Ahora mi mamá descansa en su cama mientras mira alguna película del año del pedo y mi papá acomoda y tira unos papeles en el tacho de la cocina.
Hace un rato, cuando me levanté, serían las doce y media o la una. Fui directo a la cocina a tragar un poco de jugo y ahí estaban mis viejos, sentados, sin mirarse, con la tele, la bendita tele de fondo. Los miré y les dije –“Parecen dos potus.” A mi vieja no le gustó un carajo. A mi viejo no sé, un poco se rió, al rato empezó de nuevo con los papeles.
Puse un poco de música en mi habitación, prendí un pucho de esos que fuma mi vieja y así, sin nada en la panza, sin ganas de nada, me tiré en el piso casi en pelotas. Pensé un rato en anoche, en esta noche, en la que viene, y en la del lunes, y así hasta que me quedé otra vez dormido, ¡tan dormido! Me desperté y ya sonaba “Peace and love” de Sumo, tosí bastante, por un rato. Me acordé de aquel invierno del noventa y tres cuando fui a verlo a Ariel a su casa. Él era mi compañero de banco en la escuela, era más grande que el resto de los compañeros porque había perdido un par de años de estudio por problemas serios de salud. Empezó con nosotros en tercer año, le decíamos “el nuevo”, quizás durante mucho más tiempo del que realmente merecía. Me puse un pantalón, el que tenía a mano, aunque en realidad era tal el desorden que todo, absolutamente todo estaba a mano. Y ya camino al baño seguía pensando en esa tarde con Ariel, en su casa. Creo que yo había ido en bici, cantando “...pero el amor es más fuerte...”. Ahí estaba él, en una especie de cama que la madre le había armado en el comedor, frente a la televisión, donde estaba mirando unos videos del último álbum de Queen, Innuendo. Sus ojos estaban perdidos en algún punto invisible a mis ojos y a los de cualquiera, menos a los suyos. Recuerdo que él tenía miedo, estaba nervioso, la madre iba y venía, como siempre atendiéndolo en todo. Le decía que no era nada, que mañana verían al doctor no se cuánto y santo remedio. Ariel tenía los pies arriba de unos almohadones que Hernán, su hermano más chico, le había traído. Mojé la tapa del inodoro. Mi vieja me llama desde la pieza y me avisa por enésima vez que en el horno quedó pizza de anoche.-Ya sé má, ya sé...- Y no me acuerdo mucho de qué hablamos esa tarde, seguro de lo que estábamos viendo en la escuela, de Boca, no se. Pero debe haber algo muy poco racional en la manera en que uno selecciona los recuerdos, algo que tiene que ver más con el alma que con el cuerpo. De aquella tarde, hay algo que no pude olvidar nunca. Una prima de mi compañero, cuando me iba, me despidió con un "gracias por venir". Esa misma frase, unos meses después, me dijo alguien a quien no había visto nunca en el velatorio de Ariel. Voy al fondo, el perro está ahí, tirado al sol, ni se mosquea. Camino entre los ciruelos, entre las higueras, miro mi casa desde atrás, ¡Qué vieja está mi casa! Entro, siento tristeza por el recuerdo de Ariel, busco las llaves del auto y salgo, en el camino a la puerta escucho a mi vieja otra vez, y yo otra vez... ya sé má, ya sé...


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Hoy no me siento muy bien, para ser sincero tengo ganas de salir corriendo calle abajo, hasta que los pulmones se desarmen y mi corazón reviente en miles de pedazos. Me siento, veo una hormiga que recorre la mesa en una carrera hacia lo que para mí es la nada, pero que para ese ser tan inmensamente pequeño lo es todo. Estoy desesperadamente nervioso, tengo ideas que se empujan unas a otras y no puedo organizarlas ni por un instante. Las manos me tiemblan, siento el corazón como si lo tuviera en frente de mí, latiendo a rabiar pero dispuesto a detenerse en cualquier momento. Para calmarme abro un libro, es la página ciento veintidós y dice algo así: “...Y es allí donde el herido siente deseos de venganza. Pero las mismas circunstancias que lo empujan a vengarse son las que le impiden concretarla. Para vengarse de alguien hay que ejercer un poder. Muchas veces el amante despechado aguarda largos años un cambio en la situación, una modificación en los sentimientos del otro, y en los propios, que le permita situarse en una posición ventajosa. Si esto ocurre, si el dominado pasa a ser dominador, la venganza es posible. Pero entonces ya no es deseada.” Está bien. Ciertamente nunca tuve sed de venganza. Y coincido en que la venganza amorosa es imposible.
Respiro profundamente y organizo la relación entre mi cuerpo y el alma.
Ahora estoy un poco más tranquilo, el corazón acomoda el ritmo de a poco, como si buscara quedar regulando. Revuelvo papeles viejos, como hago siempre. Encuentro esos espejos detenidos en el tiempo que la gente llama fotos. Veo todo gris, tengo en la mano llaves rotas, son de mi cerradura a la eternidad. La tristeza me come la cabeza otra vez, me siento y lloro como un bebé. Soy un desastre en piel y huesos, me levanto y me veo en el espejo, me río de mí mismo, de mi estupidez a flor de piel. Me recuesto sobre mi costado hasta dejar de reír y me olvido de todo. De todo.


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Salgo a la calle y camino como ciego. No paro en las esquinas, no miro, no siento. Voy sintiendo la noción del tiempo sólo en las oscuridades que muestran las vueltas al sol. Hay un zumbido que aturde, un estrepitoso ruido interior que me va aniquilando. Me detengo en una plaza, quizás por un cansancio que parece venir de años. Me tiro en el pasto boca arriba. El sueño vence más tarde mi vigilia a media asta. Despierto. Trato de ubicarme en el espacio pero sólo lo logro preguntando a la gente. Mucho más tarde llego a casa. Escucho ruidos adentro, ruidos de sillas que se corren violentamente, portazos, alaridos. Mi hermana abre la puerta y se tira encima de mí. Llora y se ríe. No entiendo muy bien lo que trata de decir, sólo percibo que ha pasado mucho tiempo, que ella ha envejecido, que mis manos están ajadas, su pelo más gris, mi ropa más sucia. Le pregunto por papá y baja la cabeza. Entonces pude entender que él ya no estaba, que se había ido junto con la llegada de su foto a la cocina. Recordé mi mesita de luz, mi cartuchera verde, entré corriendo a buscarlas pero ya no estaban, tampoco mi cama. Luego quise preguntarle por mamá pero tuve miedo.
“¿Dónde estuviste estos seis años?” Me preguntó. La miré desconcertado y sin pronunciar palabra. En ese instante un niño se trepó a sus caderas y le dijo: “¿Quién es mami?”. Salí corriendo inmerso calle abajo en la más profunda desesperación hasta que mis pulmones se desarmaron y estallaron en miles de pedazos. Antes de morir, quizás menos de un segundo antes, la puerta de mi habitación se abrió de golpe. Era mi papá. Con los ojos desorbitados me preguntó: “¿Qué soñabas?”

...O barbarie

Un mundo civilizado
Un alma magnetizada
Esclavos de esclavos
Naturaleza olvidada
De hierro las monedas
De hierro tu corazón blindado
Un cuento nos cuenta la escuela
Con un final anunciado
Civilizados, civilizados…
Todo vale, el tiempo no ha parado
Civilizados, civilizados…
Corriendo vivimos ¿adónde escapamos?
Pero…¡Pará!...Stop…Stop…¡Stop!
La tierra aún se mueve
Vos no sigas girando
Pará…pará…pará…
La llave está en tu mente
Ya no hay puertas con candado
Civilizados, civilizados…
Tu alma es el color de ojos tan helados
Civilizados, olvidados.

Va mi corazón

En ambulancia va mi corazón
Hacia un hospital cerrado
Soñando en primera persona
Con los ojos rojos apagados
Entre paredes va mi corazón, acorralado
A la Virgen de rodillas, implorando…
Y llegó el día menos pensado
Delante de una puerta está acostado
Tal vez haya perdón, tal vez…
Si nuestra causa se perdió en un juzgado
O en las manos de algún idiota enamorado
Ahí va mi corazón plateado
Peleándole al destino escrito de antemano
Perdóname corazón si te he hecho sufrir
Si a mi barco obligado te he embarcado
La fiebre de las noches febriles ha pasado
Corazón que me has perdonado
Que me has hecho a mí y enseñado
Allí va mi corazón de mí cansado
Buscando otro pecho menos cargado
Y se va mi corazón. Y nos vamos.

Esperando tu error


Simplemente

Permítanme por un día ser yo mismo. Permítanme salir a volar con mis alas vírgenes. No quiero reproches, reclamos, al menos por hoy. Déjenme sentir la plenitud de mi corazón, de mis impulsos sexuales sin culpa, sin vergüenza. No quiero críticas de nadie por mis actos injustificados. No necesito la aprobación de ningún ojo, de ningún puño cerrado. Hoy pido que guarden todas las cadenas de acero, que se hundan las recetas, los códigos, las leyes, la moral idiota, que los prejuicios sean un mal chiste. No permitiré consejos, sugerencias, ayudas contraproducentes, cinturones de seguridad, abrigos, espejos, bastones. Alejen de mí a la tristeza, al dolor, a la enfermedad, a la intolerancia. No me entiendan. No quieran entenderme. No digan no. Simplemente déjenme ser yo mismo.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Da la impresión


¿Anybody hear me?


Heart for darkness


viernes, 23 de noviembre de 2007

Fuego en la noche


lunes, 19 de noviembre de 2007

Relativo


domingo, 18 de noviembre de 2007

¿Qué es?

¿Qué es el amor? Me preguntó.
¿Cómo puedo yo saber? Respondí.
¿Acaso no me amas? Se enfadó.
Si amar es sufrir por tu amor, sí.
¿Sufres por mí? Me preguntó.
No sé amar de otra manera, ¿la hay?
Amar y sufrir no es lo mismo. Contestó.
Quien ama bien, sufre, querida.
¿Acaso tú no sufres por mí? Repliqué.
Sólo a veces, dijo luego de pensar.
Será que a veces me amas y otras no.
Pero, ¿Qué es el amor en verdad querido?
El amor es el mar, es tu boca, tu dolor,
Tus palabras, el cielo, cada despertar,
La muerte es amor, lo es el pan,
La rabia, la locura, la indiferencia.
Nada puede no ser amor, querida.
Si todo es amor, nadie puede no amar, contestó.
Quizás. El amor es absoluto o no es,
Pero, ¿Cómo puedo yo saber?

Pregunto

¿Me has visto alguna vez de verdad mujer?
¿Qué guardan tus pupilas de mi luna?

De mis calles, mis faroles, mis vasos…
¿Qué puedes decir mujer?
De mis miedos, mis catarsis, mis penas…

¿Pudiste verme sin la luz de miradas ajenas?
¿Sin las cadenas idiotas, paredes, ni hierros…?
¿Qué huellas ajenas te han marcado?
¿Qué dice tu espejo de mí?

Lamento, llanto, súplica, desmayo,
Desvarío aturdido, cabeza abombada,
Pecho hundido, pulmón ahogado,
Soy.

¿Cuánto de mentira hay en la verdad?
¿O no hay verdad en verdad?
Si de verdad fue tu amor…
¿Cómo se mató una verdad?

¿Qué tiempo me dedica tu lado izquierdo?
¿Qué susurra tu alma de mí en la oscuridad
De tu cama, antes de rendirte a soñar?
Acaso una sonrisa se deje ver al pensar en mí…
¿Acaso mujer piensas en mí?

ADN


The milanga´s truth


Malditos vuelos del `76


viernes, 16 de noviembre de 2007

Pasará

¿De qué están hechos los días?
De minutos, horas y mentiras…
El tiempo es la luz de una vela
Que un suave viento puede apagar.
La constante rutina que duele,
Que empaña, que suele ser mortal,
Que no pide permiso para entrar.
¿Qué es lo que me inspira
En cada despertar?
La suerte parece ser amiga del destino,
A veces mala suerte, a veces no sé.
Los ojos de la gente pidiendo
Un poco de amor, de verdad.
Suspiro cada noche pensando
Hasta cuándo podremos soportar.
La piel que se muere como flor,
Abrazos que son solo recuerdos,
Los soles que ya no brillan tanto.
Cuánta inocencia perdida,
Cuántas ausencias que nos llenan
De tristeza el corazón.
La muerte carece de sentido
Si después es sólo oscuridad.
Colgados de un sueño a la deriva
En el ancho mar navegamos sin cesar.
¿Y qué más nos hunde?
El peso de la moralidad quizás.
Ser, no ser, poder o no poder
Mejor sigamos, mañana lloverá…
Mis días, esos que se han ido,
Los quiero mañana al despertar.
Las penas no pueden ser eternas
Pues nada para siempre ha de durar.
Y quiero volver al vientre vivo
Para no nacer jamás.
Mis días son arena sin mar,
Grises sueños, pesados seguirán.
Ya todo pasará, ya nada quedará.
Mis días y noches dejarán de calentar,
Como la tenue luz de la vela
Que una brisa perdida apagará…

Pastel


Animales


martes, 13 de noviembre de 2007

El viaje

Llevaba ya unas cuatro horas en ese tren. El campo se extendía a ambos lados hasta unirse nuevamente a mis espaldas. El cafetero (vestido completamente de blanco) había pasado unas cien veces ofreciendo lo suyo, y yo le había aceptado otras tantas. A mi lado viajaba una señora de unos cincuenta años, de pelo blanco, que desde que el tren salió de La Estación sólo se limitó a leer un libro de Alquimia o Química, no pude ver bien, (es más probable que haya sido un libro de Alquimia, ya que está probado científicamente que no hay mortal que resista leer un libro de Química por más de hora y media continua).
Mis piernas empezaban a manifestar un dolor casi constante, mi espalda estaba más o menos tranquila. Faltaban aún unas horas de viaje. El sol había empezado a irse hacía rato y sus rayos suaves le daban al verde del campo un tono que mis pupilas nunca antes habían experimentado. La calefacción de ese vagón al parecer no funcionaba, y el frío de esa tarde de agosto penetraba los vidrios hasta mojarlos por completo. Tomé mi saco del bolso que tenía debajo del asiento y traté de dormir. Ya estaba más abrigado y había logrado encontrar un espacio para estirar las piernas y estar más cómodo. Solo restaba darle un tiempo prudencial a mis párpados para que se rindieran ante la monotonía de aquel paisaje. Y como no es posible mirar al cielo o al campo sin pensar y reflexionar, las alas de mis ideas me llevaron lejos de ese tren, lejos de ese campo, lejos de ese viaje.
Y pensando, recordando, uno va asociando experiencias guardadas en esos “cajones” que la mente tiene. Cajones que creemos cerrados bajo llave, pero que en momentos de soledad los abrimos casi como un acto reflejo, y encontramos papeles viejísimos, papeles escritos por gente desconocida pero que a la fuerza nos han hecho guardar sin saber ellos tampoco para qué servían, encontramos también papeles muy nuestros y que a nadie mostraríamos, y papeles aún sin escribir.
Mis alas (prestadas por un rato), me llevaban donde el viento quería y muchas veces sentía la emoción de volar tan alto que nadie podría alcanzarme. Nadie. Mi cuerpo se hacía cada vez más liviano y sentía la libertad de poder tocar el cielo con las manos de mis pensamientos, poder conocer La Verdad.
Ya rendido por el inexorable sueño, y el simétrico ruido de las ruedas del tren, creo que me quedé dormido. La noche ya era ostensible, se veían luces a lo lejos, luces que puedo asegurar eran inalcanzables. La señora del libro preparaba su equipaje para bajar en el próximo pueblo, que quedaba una hora antes de mi destino final. Se escuchó el murmullo de unos niños que habían subido en la estación anterior y que viajaban solos. Hablaban de cómo lloraban sus madres al despedirlos. No se veía en esos rostros la cachetada del tiempo, pero sí la caricia del amor. No tenían más de siete años cada uno. Los dos niños finalmente se rindieron a la partida del tren y descansaron en esos asientos reservados para ellos.
El tren seguía su paso firme, demostrándose seguro de sí mismo y de su destino. Sin embargo, y esto me llamó la atención hasta el límite, la mayoría de la gente que viajaba no se mostraba tan segura del tren al cual habían subido.
En ese instante un relámpago nos encandiló a todos y la lluvia no se hizo esperar. No estaba seguro de estar despertando o si en realidad no había dormido en ningún momento. Bebí casi por completo y de un solo trago un vaso de café hirviendo que aún no entiendo cómo no me lastimó la lengua o la garganta. Un viento enfurecido sacudía el tren, que a pesar de todo no detenía su marcha. En una curva pronunciada y dada la velocidad de la máquina, derramé café sobre mi pantalón. Saqué de mi bolsillo un pañuelo celeste que mi abuela me había regalado junto con otros cinco iguales para mi cumpleaños veintiocho. Limpié mi pantalón como pude, pero la mancha era notable. Cuando ya guardaba el pañuelo, otro sacudón más fuerte me sorprendió, pero en el vaso ya no quedaba café, todo se había derramado. La oscuridad era casi total. Los niños empezaron a llorar. Dos señores, que mostraban cierto tipo de resignación se miraban entre sí buscando una respuesta en la mirada del otro. El tren desaceleró. Muy de a poco iba dejando esa rabia continua que sus ruedas de hierro habían demostrado, hasta quedar detenido. La señora de pelo se alejaba entre algunas personas que también finalizaban el trayecto. Pude distinguirla a través del vidrio alejándose del tren, mirando hacia los costados, como buscando a alguien que no llegaba, como desconociendo “su” Estación, mezclándose entre la oscuridad y los otros pasajeros y las nubes que el mismo tren despedía. No se porqué, pero supe que nunca más volvería a ver a esa gente.
Finalmente, mi tren llegó a destino. Cuando me preparaba para bajar noté que el libro que leía aquella señora aún estaba en su asiento. Lo tomé sin pensarlo y lo puse en mi bolso. Salí del tren. Estaba confundido, no recordaba absolutamente nada. No recordaba de donde venía, porqué había yo tomado ese tren, adónde iba o dónde estaba. Cuando me di vuelta el tren ya no estaba, ni la gente, ni La Estación, era la nada y yo. Quise llorar, pero era ya demasiado tarde. Creí comprender el llanto de esas madres, y de sus chicos más tarde. Busqué algo, alguien, entre esa oscuridad que iba aclareciendo frente a mi. Pero, ¿ no había anochecido hacía sólo unas horas? ¿Qué era entonces esa luz? Tuve miedo. No pude correr. En ese instante de indecisión, de intriga, de sensaciones nunca antes vividas, alguien me tocó, me acarició el hombro como con una caricia de madre. Y con una voz paciente, tranquila, como de alguien que me había esperado toda la vida me dijo: -“Bienvenido, no tienes más que ver la tapa de ese libro para saber de donde vienes, sólo con observar tus vestimenta límpida y ya sin manchas al igual que tu alma entenderás donde estás , y por último, no tienes más que ver tu bolso ya casi vacío para saber a donde irás”.
Mi cuerpo estaba petrificado, una fuerza sobrehumana hizo que mi brazo derecho abriera el bolso de un solo movimiento. Dentro del mismo ya no estaban mis ropas, ni nada, sólo el libro. Y la tapa decía: “Química”. Fue cuando comprendí de qué se trataba todo y qué hacía yo allí.
-“Vamos, hijo, tu viaje recién comienza.” Me dijo el hombre aquel.
Y ya cansado de ese largo viaje, me perdí entre la oscuridad ajena y mi propia luz. Luz que nunca antes mis pupilas habían experimentado.

En punto

A mi derecha el baño de caballeros, con su entrada simbolizada. A mi izquierda la puerta principal marrón. Frente a mí lo demás, no mucho. Fumo. Espero. Bebo. Las once y media. Me saco la campera y pido otro café. ¿Vendrá? Ella es alta y bella, muy bella.
“Hoy día nadie llega a horario”, pensé. Si llego diez minutos antes muestro el alma al desnudo, ansias por verla. Si llego diez minutos más tarde es que ella no me importa demasiado. Por eso es mejor llegar en punto. Pero acá surge algo extraño: ¿Serán mis once y media las mismas que para ella? Esta idea me angustió por un rato, sabía de un modo casi conciente que la respuesta era muy dura. Trago café y miro el reloj, ya es tarde. ¿Habrá entendido once y media, o doce y media? ¿Y si me voy y viene doce y media?
No sería demasiado esperarla una hora más, igualmente sabía que cualquiera fuera el horario yo iba a llegar antes. Y al llegar trataría de disimular mi “error” diciendo cosas como “Hace frío afuera” o “Cómo tarda el mozo en atender”. Entonces le pedí al de bordó que sacara las dos tazas urgentemente. Me miró con cara de pocos amigos, casi con ganas de tirarme la cuenta en la cara. Y esperé.
Las doce. Está bien, entendió doce y media. ¡Es que ponen tan alta la música en esos lugares! El espejo de enfrente iba mostrando cierta transformación en mi cara, y en los demás, que me parece ya no eran los mismos de cuando me senté hacía un rato largo. Pero el presente de ella no lo notaría, a las doce y media llegaría a través de la gente como una reina, Mi reina. Entrará en mi pequeño mundo de cosas nuevas y aterciopeladas. Nada sabrá de mi espera, jamás le diría nada. Tuve ganas de algo un poco más fuerte, pero no hubiera quedado bien si al llegar ella yo mezclaba mi ron con su suave perfume. Una canción me daba vueltas en la cabeza, decía algo como “...When you’re feeling down and your resistance is low, light another cigarette ´n let yourself go…” Las doce y media. En cualquier momento llega, es que los trenes andan cada vez peor, (no se adonde vamos a ir a parar...) El mozo me cambia el cenicero y me mira, como esperando una respuesta. Mi cara lo echó a las patadas limpias. Si me paro para ir al baño sería una jugada peligrosa, si bien está cerca traería dos complicaciones. Por un lado el mozo sospecharía que me estoy retirando y como acto reflejo me traería el papel con el total de siete con cuarenta. Por otro lado, y lo que es peor, podría llegar ella y no verme, irse, y no volver a fijarse en mí nunca más. Casi tiemblo al pensar en esto. “Nadie se murió por no ir al baño una vez.” El mozo me pasa por al lado y llega a la entrada, a mi izquierda. Se queda hablando con un fulano, sosteniendo la puerta con el pié. Entraba una brisa que me congelaba. Y él, con su pelo aceitoso y la yugular hinchada, me miraba de reojo, como diciendo “Nunca vendrá, es demasiado para usted. Reconozca que es un perdedor, pidiendo la cuenta y marchándose por esta puerta, su puerta, su única puerta.” Pero un cualquiera no iba a torcer mi corazón así nomás. Mucho menos alguien a quien no conocía, alguien que me odiaba transitoriamente. Al otro día despertaría pensando en otra cosa, en alguna boleta por vencer o algo así. Sólo lo irritaba el hecho de mi larga estadía, hecho que lo perjudicaba notablemente si tenemos en cuenta que mi mesa era para cuatro. Es verdad, entraba mucho frío y lo del baño ya se transformaba en algo imperativo. Pero no hubiera servido de mucho si me arrimaba a este personaje y le decía “Si ve entrar una señorita alta, rubia, de mirada seductora y cree que busca a alguien, por favor dígale que estoy en el escusado”.
Uno puede confundir las once y media con las doce y media, pero con la una y media creo que no. Quise ir al baño, no me animé. El tema se estaba poniendo difícil. Lo soporté, no iba a dejar pasar el amor de mi vida por un simple capricho fisiológico.
“¡¡¡Mozo!!! ¡¡¡Un cortado!!!”
La una. Trajo el café con poca leche y mucha bronca. La gente se renovaba, yo seguía ahí. No quería mirar el baño, que empezaba a torturarme. Me impuse la heroica tarea de no mirar a los que entraban, mucho menos cuando salían con esa cara de “Ahora sí”. Y bueno, ya que estoy acá espero un poco más. A veces para algunas cosas es tarde y para otras es demasiado temprano. ¿Adónde podría ya ir? Pensaba mientras me cruzaba de piernas y contaba las lamparitas quemadas de la araña por vigésima vez.
La una y cuarto pasaditas, “...creo que no va a venir”. Me aferré a la esperanza de los que se saben sin remedio. Le iba a pedir la cuenta, pero tenía algo de fe que me quedaba en el bolsillo. Entonces me tomé un ron. Si a ella le perturbaba mi olor no hubiera sido digno de su parte hacérmelo saber. Justo en el momento del último sorbo alguien distrajo a mis ángeles con algo más importante porque fue exactamente allí cuando sentí húmedo el costado izquierdo del pantalón, humedad que fue transformándose en mojadura completa y caliente. Durante ese fluir de cafés y otros líquidos no pude más que quedarme absolutamente quieto, hasta la última gota de amor y esperanza que corrió desde mi ser más profundo hasta el piso de algarrobo pulido. Tuve el consuelo de que era muy difícil que alguien notara mi vergonzoso evento, hecho trabajoso teniendo en cuenta lo tenue de la luz de aquel bar. Pero hubo alguien que lo notó. El mozo. Quizás no me vio, pero sí pisó. Es lo mismo. Y apadrinado por un grupo de iguales empezó a hacerlo saber por todos lados, hasta que la risa de cuanta alma se encontraba en el bar se fundió en una sola. Me paré, y desde el fondo de mi vergüenza les grité “¡¡¡Grandísimos hijos de puta!!!” Hecho contraproducente si tenemos en cuenta que el efecto casi inmediato fue el de avivar el fuego de sus risotadas y comentarios. Y allí parado, mientras secaba mi pierna con servilletas de papel “valet” y el mozo se jactaba de su crimen perfecto, pude sentir una mano fría en el hombro. Y escucho, percibo y siento una voz, la inconfundible voz, que me dice “Perdón por la demora”.

Hoy y ayer, mañana

Busco en los bolsillos y nada...
Busco en mis cajones...
Las manos heladas y solas,
La boca rota por vasos ajenos.
Mi cuerpo y mi alma una sola cosa,
Soy corazón enfermo y amor.
Respiro y eso parece ser bueno,
(mientras no lo piense).
Y la largada esta cerca del final,
Demasiado para mi gusto,
Igual uno corre ciego.
...Vivir sin retrovisores,
(sin ayer, sin camino pisado).
Puedo fumar tu vida y morir,
Embriagarme con tu mar desierto,
Colgarme de los pies hasta la sangre.
Apuesto todo a amar
Pero siempre gana el cobre
Que nunca tuve.
Vuelvo a jugar un rato,
Y se me cae una sonrisa prestada
(por un rato).
Tiran piedras de odio,
Ya nadie ha pecado por primera vez.
Y pedir perdón es perder,
El cielo se queda sólo y oscurece.
Mi libertad levanta su propia reja
Con su acero vencido.
Y guarda en el bolsillo de atrás
La llave para escapar un domingo.
Pero te recuerdo un poco más
Y parece que encuentro respiro
(mientras no lo piense).
Casi sale el sol en mi noche,
Casi corto la soga de tu cuello.
Pero la madera se hunde
Y con ella mi verdad de cristal.
Cruzo el puente de mentira
Y empiezo a sobrevivir otra vez.
Y vuelvo después descalzo,
Porque regalé los zapatos
(nunca me importó mi ropa).
Y quiero tu cintura atada a mí
Para decirte cómo soy.
Quiero quererte a mi modo
Y que me quieras a tu modo.
Sueño con verte feliz sin oro.
(¡que tu oro sea yo!)
El tiempo dirá si puedo
Sostener mi locura con un dedo.
Se trata de no esforzarse para ser,
Se trata de no pisar el escenario
Y después quedar vacío.
Sin equipaje de más,
(¡pero tampoco de menos!).
Y la luz se va apagando,
Muy de a poco por el viento
Asesino de aquellas piedras.
Pero puedo encenderlo
Con mi músculo más vivo.
Y me río de los bolsillos
Con monedas que nunca se llevarán.
Y respiro y eso parece ser bueno,
(mientras no lo piense).
Y bajo los brazos
Para levantar la voz
Y va mi puñal de papel
Directo a la costilla del tiempo,
Pero vuelve seco y limpio.
Y la esperanza sigue en la clepsidra
-Ciega, sorda-.
¡Muero tantas veces en el día!
Y gano otras tantas carreras secretas.
Con espejos es muy difícil saber quién soy
Prefiero tu palabra que refleja mejor.
Y dibujo tu cara en la arena
Con la libertad en tu ojo derecho,
Y el mar, y el cigarrillo...
Te pido paciencia
Ya voy a estar bien te lo juro.
Soy corazón enfermo y amor
Prefiero así, si esto es morir.
Llueve con sol y quema el hielo,
¿Acaso importa por qué?
La brújula miente a cada paso,
(mientras no lo piense).
No existe corazón blindado
Quien no amó no vive, espera.
Las veredas de siempre se doblan
Por las caretas pesadas
Que compramos y tiramos.
Corro a mi sillón de pana verde,
Y con un vaso ajeno
Me quedo viéndote más vivo que nunca.
Y la largada está muy cerca del final,
Demasiado para mi gusto.
Igual todos corren ciegos.

No palabras

Palabras, palabras nada más.
Como regalos para armar,
Son madera sin lustrar,
No palabras nada más.

Las busco desde siempre,
Las busco y se me van.
Pero vuelven hasta mí,
No palabras nada más.

Dar la vida por palabras,
Dar la vida con palabras.
Cualquier palabra es mía,
No palabras nada más.

Me asustan, me abrazan,
Todas buscan su lugar.
El viento me las trae,
No palabras nada más.

Ojos cerrados

En mi libertad prohibida
Encuentro tus ojos cerrados
Que han nacido para mirarme.
Puedo jurar que he de amarte
Y eso no será suficiente jamás.
Un niño hay en mi alma
Y no entiende la razón
Para abdicar su esperanza
De brazos abiertos al amor.
Puedo dormir, morir también
Antes de empezar a quererte,
Con mi bandera valiente,
Enfrentando la tormenta gris.
Soy el espejo roto de palabras
Que nunca pude decirte.
Ya no espero nada del tiempo.
Aunque sólo se pierde lo ganado,
No se gana sin haber perdido.
Y es allí donde encuentro aire.
El cuero gastado de mis días
Se vuelve aún más viejo,
Se deshace como barro mojado.
Las manos suicidas, muy mías
Tiemblan con la soga espesa.
Y dejo de ser en un instante
Para colgarme de la oscuridad.
Mi sangre se detiene, se congela,
Mis ojos se cierran de a poco.
En mi soledad encuentro paz,
En mi muerte encuentro paz,
En mi libertad prohibida
Encuentro mis ojos cerrados
Que han muerto para mirarte.

Un día

Un día seré libre de mí.
De mi llanto, de mi peso.
Ese día llegará,
Lo siento y lo respiro.
Todo será blanco y puro.
Las cadenas se fundirán
Bajo mis pies cansados.
Un día seré mi testigo
Y sabré reír.
Nada pesará en mis hombros,
Ni el miedo, ni el recuerdo.
La arena de mi tiempo
Será infinita.
Un día aprenderé a volar
Con alas que sabré parir.
Nadie me esperará
Del otro lado y ya
No me importará.
Un día seré corazón
Alma, amor, reposo.
La oscuridad alumbrará
Mis huesos fríos, acostados.
Un día mi cuerpo no será mío
Y el dolor será pasado.
Mis ojos se hundirán,
Mis manos abiertas se irán,
Lo visible polvo será.
Y volaré entre los cielos,
Entre viejos amigos
Que me cuidarán.
Un día será despertar
Siendo agua, aire y tierra.
Los llantos no perturbarán
Mi vuelo eterno jamás.
No habrá ropas ni testigos,
Sólo viento y algún mar.
Un día seré todos y uno solo,
Seré flor viva, amanecer.
No habrá tiempo atrás
Que empuje mis días.
Tendré en mis puños celestes
Un mapa sin caminos.
Ese día llegará
Y con mi pecho abierto
La vida comenzará.

En la noche

Las sombras borran arrugas
Los tejados despiertan
Las brazos buscan abrazos
Las bocas desean bocas
Las palomas vuelan más alto
La viuda sueña en presente
El ron sabe a mate
La claridad es azabache
El amor es la flor del día
El sol anda perdido
El mar levanta su voz
Los miedos se desnudan
Los faroles resucitan
Los colores se embriagan
El reloj corre y camina
La fiebre quema sus manos
La mentira es más piadosa
La calma desespera
El corazón es aljibe seco
El papel ruega por tinta
La ausencia juega sin piedad
Mi Calamaro humea mejor
La incoherencia gesta ideas
El viento silba canciones sublimes
Dios oculta la verdad
La soledad se hace muralla

Hoy

En la soledad del Titanic
Vive mi alma esperando.
Hundido en su inmenso mar
Mi corazón late arena y sal.
Por mis venas heladas y oscuras
El canto mudo de mi pasado gris.
Con las sienes hinchadas de odio
Tras hierro y cemento duermo.
El pájaro y la libertad se han ido
En busca de horizontes ajenos.
Aunque viva mi alma esperando
Y mis ojos rojos no puedan mirar,
La soledad acompaña en silencio
Con lágrimas que se acaban.
La tumba abre sus brazos
Y prende las velas para mi.
La música, las palabras, el aire
Me asesinan con sus gotas.
Hundido en el Titanic
¡Qué sólo me siento hoy!

Dime tú, mujer

¿Qué quieres que sea hoy?
¿Tu esclavo? ¿Tu sombra?
¿Agua? ¿Aire? ¿Mar?
¿Qué me pedirás hoy mujer?
¿Que me aleje? ¿Que me acerque?
¿Que te abrace? ¿Que te bese?
¿Que vaya? ¿Que venga?
¿Que esperas de mí mujer?
¿Que llore? ¿Que ría? ¿Que calle?
Dime tu, mujer
Lo que quieras seré.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Perder y ganar

Hubo un día en el que perder fue ganar. La paradoja que les cuento se dio internamente como una complementariedad de sus dos caras. Ganar era lo que buscaba, perder fue lo que ocurrió. Sin embargo, al fin de cuentas, lo que perdí de ganar fue lo que hubiera resultado perder verdaderamente. Para ser honesto, la posibilidad de la derrota no la había considerado en un principio, porque ganando o perdiendo, de alguna forma algo ganaba. Entonces me conformé con probarme que podía ganar.
Pero perdí. Y gané.
No es contradictorio si pensamos que lo que yo creía que hubiera sido ganar era realmente perder redondamente. Por eso creo que haber perdido significó ganar en algún sentido.
Ganar es una forma de entender la vida, de pararse frente al mundo. Perder es la decepción ante el fracaso de situaciones probatorias en el sentido de la competencia social. Precisamente es esta puesta a prueba en relación a los demás lo que nos hace perder, pero perder verdaderamente. Y acá la pérdida es doble: por un lado perdemos para los demás (primera condena hacia el perdedor); y por otro lado perdemos para nosotros mismos.
La competencia actual es constante, es una batalla que no descansa, no permite rendición sin considerarla en sí misma un verdadero acto de “antisociabilidad”. Porque vivir en sociedad hoy es competir en sociedad, vivimos probándonos, perdiendo y ganando. Y aquí y ahora podría introducir otro factor inalienable y fundamental dentro de la competencia actual: el dinero. El dinero ha sido endiosado de tal forma que hasta sangre cuesta, es el fetiche por excelencia. La batalla social gira en torno al papel legal, como si nos sumara minutos de vida, de verdadera vida. No me interesa describir la exagerada y estúpida importancia del papel moneda en lo más mínimo, doy por supuesto que quien lee estas líneas sabe lo que el dinero significa hoy día. Quien se rinde, quien abandona la competencia por el papel legal para dedicarse al verdadero arte, a pensar, a sentir la vida verdadera de la única forma posible, es considerado un ser humano que eligió el camino de la derrota y por ende el de la condena como si fuera ésta un sistema de autoflagelación asistida. Ser “antisocial”, ser perdedor para los demás, pararse fuera del tablero tiene su precio, su guillotina en estado de alerta. Almas listas para propinarnos el peor de los castigos hay a montones, hasta nuestros seres más amados, y quienes jamás nos harían un daño conciente son capaces de cortarnos el cuello de nuestra esperanza simplemente por mear fuera del tarro capitalista, inhumano, animal, salvaje.
Este sistema ha invertido los valores y sentidos y los ha llevado a un punto en donde el regreso a viejas tradiciones, a antiguas formas de interpretar la realidad, de simbolizar el mundo objetivo, es casi utópico. Las transformaciones lentas y no tan lentas, impuestas y luego internalizadas por todos que se han dado a lo largo de la historia humana nos han arrastrado hasta nuestro propio estiércol. Ya no se tratará, lamentablemente, de revoluciones que busquen un cambio sólo en el modo de producción, o de quién detenta el poder. Ganar y resignificar la vida misma hoy en día sería factible sólo a partir de la destrucción total de la vida misma. Extraña paradoja, si se quiere. Un verdadero punto de partida sólo sería posible pensarlo desde la destrucción física del planeta con todos los preceptos lamentables que él conlleva. ¿Deberíamos esperar que Dios reparta las cartas de nuevo, con nuevas reglas de juego, sin manzanas del pecado, sin luchas por el poder, sin religiones, sin el deseo natural del sexo, sin armas, ni factores psicológicos que simpaticen con la tentación? No, no creo que eso sea suficiente. Dios no lo había pensado así. Y sin embargo acá estamos, de esta forma. Perdón: ¿Dios sabía lo que vendría? ¿Y si lo sabía, por qué nos creó, para qué?

Como les decía, perder fue ganar. Esa tarde, cuando ya exhausto de idas y venidas, de filas y colas interminables, me dijeron que mi perfil “no era el requerido por la empresa”, entendí que había ganado. Hoy, gracias a mi perfil poco solicitado soy completamente libre, sin cadenas hechas con corbatas de acero ni barrotes oficinísticos, sin sueldo, salario ni remuneración. La selva gris siempre guarda restos para mí, he aprendido a apreciar el arte, el amor, la dicha de sentirme diferente. Aprendí a entender la Muerte como un pasaje Divino y del cual nadie debe escapar o temer. Mi barba blanca, mis pies sucios, mis manos ajadas, mi mirada firme me acompañan y me dan fe.
Ese día gané. Ese día fue el día más importante de mi vida. No fue patear el tablero, fue mucho más que eso, fue quemarlo y construir uno nuevo, pensado por y para mí. El costo fue muy alto, lo sé, pero nada importante se logra sin pagar cierto precio. El destino no está escrito, y si lo está uno tiene la posibilidad, quizás la obligación, de transformarlo desde una resignificación puramente propia.
Hoy paso mis días de vagabundo riéndome de la gente y sus sueños hechos con el cartón más barato.
Usted, lector accidental de mi camino, ¿de qué juega en su tablero social? ¿De peón o de Rey?

Conducta humana


viernes, 2 de noviembre de 2007

During dreams


jueves, 1 de noviembre de 2007

Fogata


Refutación de la refutación del Regreso

“El Regreso no es posible”, declara Ricardo Poullet, un gran filósofo y pensador. Y cuando habla de Regreso, se refiere a ese Regreso al que todos anhelamos, al de volver a tiempos pasados. Su argumentación es muy sólida, porque además de detallar unas cuantas incongruencias con respecto al Regreso, asegura que aún volviendo no se vuelve.
Citemos a Poullet: “¿ De qué nos sirve volver a tener diecisiete años sabiendo lo que nos espera? Para ser más puntuales: ¿Declararíamos nuestro amor con tanta emoción a esa rubia adolescente que luego nos rechazaría redondamente?... Seguro que no.” Y fue aún más lejos: “Toda situación que protagonizáramos no sería para nada igual a la primera vez, seríamos un testigo de lujo de nuestros propios olvidos...”
El hombre tiene los pies sobre la tierra. De todas maneras yo creo que hay una forma de Regresar verdaderamente. Una forma que nos permite ser protagonistas, un Regreso en el cual nada es previsible.
Mi Regreso es a través de los sueños.
Los sueños son considerados como algo estéril, que mueren al despertar. Pero a caso ¿no muere la vida cuando apenas uno despierta? ¿No es soñar la manera de vivir situaciones que durante la vigilia nos acosan inconscientemente?
No hace mucho tiempo soñé con el pibe que era hace unos cuantos años. Tenía aquel pantalón azul oscuro que me había traído una tía ya fallecida de un viaje a España, las zapatillas Flecha blancas y la camisa celeste con bolsillo en el lado izquierdo. Estaba en la puerta de mi casa en el barrio de La Paternal, y estábamos todos: el turco Amín, el rulito, el gordo, Juan Cruz, el zurdo y yo. Estábamos jugando a las escondidas. El zurdo “la estaba contando”; “... y el que no se escondió se embroma”, gritó. Yo me había refugiado atrás del pilar de la casa de don Roque (escondite peligroso teniendo en cuenta el carácter de aquel viejo). Desde allí, agazapado, podía ver al turco y al gordo peleando por ver quién subía más alto al nogal de doña Lita. En ese instante lo vi al zurdo casi a mi lado. Quise entonces saltar de un sólo movimiento el pilar para ir a “la piedra” y salvarme de una casi inexorable próxima ronda contando. Fue allí cuando tropecé y caí de boca al suelo. Me había partido un diente, y no pude (a pesar de la presencia de mis amigos) contener el inevitable llanto. Lloraba mucho. Gritaba. Cuando vi a mi madre salir de mi casa con cara de desesperación desperté. Al separarme de la almohada por la exaltación noté que ésta estaba completamente mojada, al igual que mi rostro. Ya despierto, continuaba mi llanto. Podía aún sentir el dolor de ese diente quebrado. Todo ese día recordé los rostros de aquellos vagos mejor que nunca.
Había Regresado.
Me levanté de la cama con una mezcla de alegría y de tristeza. Abrí la ventana y aquel pilar ya no estaba, ni el nogal, ni el zurdo, ni nadie. Tuve la certeza de que los volvería a ver otra vez. Me sentí perdido, sin una edad determinada. Me consolé con la eperanza de que ellos también regresaban. Tuve la sensación además de que en ese momento estaba pateando un penal en la almohada de algún viejo amigo.
Regresar es posible. Sólo el que olvida no regresará jamás y ese nunca podrá ser nuestro amigo.






*Ricardo Poullet es un personaje ficticio.

martes, 23 de octubre de 2007

Jesus falling


Condenado


Lo que queda


Enamorada del muro


lunes, 22 de octubre de 2007

Bigotes


Instantes

“Algo de razón deben tener los obreros. Hasta ahora nunca hubo una marcha de patrones para bajar los sueldos.”

“Así como lo negativo atrae lo negativo, lo positivo atrae lo positivo.”

“La existencia determina la conciencia en el presente, y la conciencia determina la existencia en el futuro.”

“El artista que cree usar su espada contra la injusticia y lucra con el filo, no hace más que legitimar la injusticia.”

“No hay dolor inevitable, hay deseos incumplidos.”

“Despertarse no es solo abrir los ojos, es también saber mirar.”

“No sé si la fe mueve montañas, ni siquiera sé si mueve una pluma. Lo que sí sé es que la voluntad mueve al mundo.”

“El destino se hace a cada paso, a cada segundo, con cada gesto, con cada palabra.”

“La única realidad posible es la que se encuentra dentro de la pupila de cada uno, lo demás es ficción.”

“Las sonrisas de compromiso atentan contra la humanidad.”

“La corbata y la nariz de payaso deberían adquirirse en la misma góndola.”

“Quiero un camino con curvas, obstáculos, lluvias y vientos. Para quietud habrá luego un hueco eterno sin salida.”

“Así como la luz viaja más rápido que el sonido, la oscuridad y el silencio van de la mano.”

“Una palabra desnuda puede sonar hermosa, pero solo vestida de música puede alcanzar la perfección.”

miércoles, 17 de octubre de 2007

Made in heaven


lunes, 1 de octubre de 2007

Cuadro del living


Directo a nada


“Somebody identifies himself and ourselves like Buffalos
and the way they were hunted by indians. They caused
them to run off the cliffs, jumping into the unknown by
forces Buffalos cannot control or even understand.
Why do we jump off?”







La posibilidad de sentirme libre ya no me mantiene en pie. Hay tantos revólveres en mis manos que el peso impide mi inmolación. La constante angustia que el mundo plantea ante la crónica falta material nos devora la propia existencia y dejamos que eso nos acobarde como si fuéramos la materia orgánica más vulnerable de la cadena alimenticia. Cadena que nadie inventó, pero de la cual formamos parte sin mover un peón.
La valija está pesada de mentiras y envases vacíos, la llevaremos con nosotros hasta el polvo si no la abrimos y le cortamos la cadena invisible que a ella nos ensambla. Quizás la peor parte sea que pudimos romper las cadenas perpetuas y no lo hicimos, ni pensamos en la posibilidad de hacerlo. Es lamentable ver a la gente y sus sueños llenos de espantosas risas de cartón. Es la sociedad toda la que prueba una y otra vez la amargura y no endulza o sala el pan del camino.
Aceptémoslo, ellos ganaron, ellos han sabido comer como gusanos nuestra nunca tan bien llamada materia gris. Sigamos alimentando al monstruo y limitémonos a esperar la partida, sigamos siendo marionetas sin hilo, payasos, bufones, peones del rey, engranaje. Ellos ganaron. Nunca pediremos la revancha, no somos tan valientes como para eso. Sigamos agregando ladrillos a nuestra gigante sala de espera. Sigamos manchando con nuestra sangre y la de nuestros hijos la suela de sus zapatos, comiendo mierda, pidiendo perdón. No busques en mis ojos lo que tampoco hay en los tuyos. No busques en palabras lo que debería haber en tus manos. No pierdas el tiempo de esa manera. Las balas están bien adentro y nuestra sangre parece eterna. No busques el grito, ya no hay oídos. Vení, acostate, esperemos juntos y pidámosle el milagro de que nos lleve cuanto antes. Vení, no llores que no sirve si nadie te ve. No te escapes que es peor, dame tu mano y tu confianza y si querés, abrazame. La resistencia es en vano. No hay nada que podamos hacer. Vení, si sufrimos juntos, sufrimos menos.




Actitud

Es verano. Afuera hay viento cálido. Son las cuatro de la mañana y una vez más, entre miles, la oscuridad me encuentra despierto, navegando en la ceguera obligada de lo profundo de la noche. “-¿Así será la muerte? Lo dudo. Tengo esperanza de que mi muerte no sea oscuridad”- pensé.
Recostado sobre mi lado izquierdo percibo que todo funciona normalmente. Quiero decir, respiro, nada duele, muevo brazos y piernas, pestañeo normal. Intento dormir pero sé que no será posible con la cabeza tan cargada. No de culpas, no de deudas, no de amores. Sí de laberintos indescifrables desde mi cuna. Entonces trato de organizarme, como acomodando libros según el tema de tapa.
Luego de hojear uno de esos libros imaginarios, quizás el más extenso, llego a la conclusión que cuando uno piensa en algo malo, como puede ser anticiparse al dolor o tener una visión pesimista de las cosas, en general esas especies de pronósticos tarde o temprano terminan por cumplirse. Acto seguido me animo a afirmar que para ver cumplidos vaticinios de prosperidad, la fuerza puesta en el acto debe ser unas cien veces superior a la fuerza –llamémosla- negativa.
Exploremos un poco la idea. Uno se predispone al camino. La actitud, la postura ante los hechos que van sucediendo hace la diferencia entre las personas. Es casi una obviedad afirmar que ante el mismo estímulo muchos responderán de una manera y muchos otros de otra. Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que la actitud pesimista debería ser dejada de lado sin uno quiere una vida con cierta paz.
Una vez juré que pase lo que pasare en mi vida, jamás me suicidaría. Que por más a la deriva que me encuentre, mi actitud sería la de seguir nadando en alguna dirección.
El pesimismo aísla. El pesimismo encierra, complica, obliga a planteos superfluos, redundantemente negativos. Ver todo negro es una elección. No confundamos pesimismo con realismo. Nada escapa a tener dos caras. Una realidad puede ser tan negativa para mí como reconfortante para otro. Y mi visión, positiva o negativa, no será menos real que la de otro.
*****
Busco acomodarme en la cama, trato de seguir pensando un poco más. Pero mi intento se ve interrumpido por el sollozo de alguien. Luego el sollozo se convierte en llanto y reconozco que proviene de la habitación de al lado. Mi acompañante, que dormía a mi lado en una silla se despierta. Enciende la luz y revisa mi suero. Me pregunta si estoy bien, si necesito algo. Con un gesto le agradezco su preocupación.
Al otro día morí. Causas naturales, vejez.
Hasta el último respiro hice planes, proyecté, miré para adelante. Y no me arrepiento, siempre preferí mirar lo positivo de la realidad. Nada es completamente verdadero en todo sentido. Asumiendo esto, todos podemos elegir la actitud que tengamos para vivir. Y para morir.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Sueños de algodón

Tener un remedio para el alma,
Saber dónde mueren los pájaros,
Tocar el celeste cielo,
Conocer todas las palabras,
Vivir un año dos veces,
Cumplir todas las promesas,
Volar con alas de papel,
Comprender lo feliz del llanto,
Recordar rostros y aromas,
Ser lluvia, viento y sol,
Desconfiar del oro del espejo,
Ser uno mismo y los demás,
Pensarlo todo sin dejar de vivir,
Tragar tierra y saborear la victoria,
Romper la soga de todos los cuellos,
Amarte hasta mi último respiro.
Sólo eso es lo que quiero.

Visiones

Caminando y recordando veo
Que mis esquinas cambiaron,
¿Habrán cambiado las esquinas
O habré cambiado yo?

Y cuando ando mi camino
Noto que algo se dobló,
¿Se habrá doblado el camino
o me habré doblado yo?

Las ausencias que el tiempo
Con su negra tinta escribió,
¿Las habrá escrito el tiempo
O las habré escrito yo?

Yo


Mentiras

Desde que tengo la posibilidad de volcar en algunos papeles qué es lo que me pasa, pierdo la noción de lo que imagino, lo que siento y lo que me pasa en verdad. Y llego a la conclusión de que ya no debo tratar de separar estos sentimientos, sino más bien organizarlos y saber diferenciar lo que imagino, lo que siento y lo que realmente me está pasando. Pero esa conclusión es el punto de partida a un problema aún mayor, ya que la respuesta se va desdibujando día a día como si a mis papeles les cayera una gota de agua justo en el medio cada diez segundos. Y suponer cuál sería la respuesta a este problema de organización mental termina confundiéndome aún más.
Luego de horas y días de pensar la fórmula, y cuando creo acercarme a una respuesta, surge la pregunta: ¿Es esta respuesta un sentimiento, es parte de mi imaginación, o es la respuesta real? Y aquí el tema se complica, porque cuando la puerta no tiene llave, o la tiramos abajo o entramos por la ventana.
¿Qué pasaría si uno inventara una contestación para todo aquello que se pregunta y no le halla respuesta? ¿Qué pasaría si esa respuesta, aunque lejos de ser real, fuera una guía para tapar esos huecos que quién sabe quién ha dejado? No sería nada descabellado. ¡Si nos mentimos día a día! Y eso no está mal, lo paradójico es que a “ciertas” mentiras les damos el trono de la Verdad. ¿No está uno mintiéndose cuando cambia de color de pelo? ¿No se miente uno cuando tolera órdenes? ¿No nos mentimos al aceptar mentiras? ¿No nos mentimos cuando algo nos da vergüenza? ¿No es mentira que uno deba ser feliz? No, para nosotros todo esto es una gran verdad. Y así lo aceptamos y lo vivimos. ¿Qué pasaría si el orden se alterara? ¿Qué pasaría si lo real fuera lo imaginado, lo que uno siente lo real, lo verdadero mentira?
Al acercarnos al final, estas preguntas nacen y se reproducen, intentamos tomar conciencia de todo el tiempo perdido, irrecuperable. Quizás algún día volvamos a estar vivos para no ser tan corderos, para romper el maldito “orden establecido”. Pero, ¿establecido por quién? ¿Quién dice qué hacer? ¿Qué margen de error nos perdona el sistema?
“Tu libertad termina donde empieza la mía”. ¿No es eso decir que tu libertad no es tan libre? ¿No es aceptar que vemos en el otro un enemigo en potencia? ¿Es la libertad igualmente repartida? ¿Por qué esta mentira discursiva es tomada como verdad? Somos nosotros mismos los que decidimos sobre la libertad de los demás, aceptando que la ruptura del orden debe ser castigada. Pero, ¿Qué es el orden? ¿No es acaso la obligación a aceptar reglas dadas? ¿Y eso es libertad? Si cada uno de nosotros necesitara un orden, ¿Sería el actual?
Saberse libre verdaderamente, poder ser cada uno lo que uno quiera, en fin, que el disparo de la largada suene para todos al mismo tiempo, y que esa carrera no la gane el que llegue primero sino todos los que llegaron de la forma que han elegido llegar, ¿ No evitaría ver al otro como potencial enemigo? ¿No crees que si uno pudiera tener todo lo que quisiera, ya no querríamos tanto como queremos ahora que no tenemos nada? Si fuésemos capaces de llegar a este punto, si lográramos perder todo lo actual para empezar de nuevo y hacerlo bien ya no tendríamos la necesidad de separar lo que sentimos, lo que imaginamos y lo que es real. Todo sería tan irreal que viviríamos en la mentira más hermosa que nos hayan contado. ¿Qué mentira preferimos? ¿No sabemos cuestionar nada? O quizás prefiramos seguir así, desangrándonos día a día.
Debemos cambiar de mentira, al menos la que yo propongo es una mentira que nos será propia a cada uno. Y nadie necesitará hablar de castigo, libertad, obligaciones, orden o sistema.
Sepamos que la vida no da dos oportunidades para ciertas cosas, que en el día final nada nos habremos de llevar, día que puede ser mañana o esta noche misma. Si tuvimos la suerte de que el tren de la vida haya parado en nuestra estación, subamos al vagón hecho de sueños y mentiras elegidas. Y si ese vagón algún día se llenara, empujemos y hagamos fuerza para que nadie quede sin probar este viaje tan imaginario como real.

Númenes

La fragilidad de un cristal
Los sueños de un poeta
La pupila ya dilatada
El llanto en la penumbra
La sal de todos los mares
Los Rosarios en las paredes
La silueta de tu alma desnuda
Los personajes de historias sin crear
Los aromas de la niñez
El ojo de un asesino
La pálida esfera de mis noches
Las promesas nunca cumplidas
El recuerdo que estamos siendo
Los rostros en la memoria
La vieja balanza de la justicia
El silencio de todas las tumbas
El oro, el trigo, el barro,
Las espinas de las rosas
La piel de la vejez
La palabra del orador
Las nervaduras del destino
Mis manos, el aire, el cielo,
Apre´s nous le déluge.
Dixit.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Tirarse

Si los momentos más felices de nuestras vidas ocurren cuando más inconscientes somos de la vida misma, ¿porqué no deshacernos de ella? Subir, bajar, harto de mis mentiras pseudoactorales. ¡Que me trague el hoyo y que vivan los que quieran sufrir! ¿Me esperará un cielo? ¿Me esperará un infierno? ¿Me esperará la nada? ¿Hay algo después de todo esto? Creer en Dios como una explicación mística de lo que es el arte, el amor, ¿parece tan disparatado? Hay algo de nuestra existencia que no se ve, que vale verdaderamente. ¿Es eso lo que perdurará para siempre? ¿Sirve llorar? ¿Por qué lloramos? ¿Por qué reímos? ¿Cuántas veces el dolor ajeno nos causa alegría? Y cuando digo dolor ajeno estoy hablando de todo tipo de dolor, de formas de sufrir y de no ser feliz. ¿Siempre el mundo se dividirá entre los que tienen y los que no tienen, entre los que están afuera y los que están adentro? ¿Es el amor el máximo estado de nuestras almas? ¡La vida es muy corta y casi siempre amarga! Luchar para vivir, y cuando se le acaba el filo a la espada una brisa te lleva con el montón que ya perdió la batalla; sea blanco, negro, pobre, rico. Alguien tiene que poder ayudarme. De a poco estoy volviéndome cada vez más loco, y actúo como tal. Sufro como un perro. Vivo una muerte en vida (esta última afirmación entiende a la palabra muerte de la manera más común de hoy en día –occidental si se quiere-, como el final, como algo aberrante y no deseado). Cada dolor de mi cuerpo significa la agonía. Mi mente viaja todo el tiempo. ¡Y no vuelve! Se va, se va, se va. Conoce la sociedad de hipócritas que somos, la simplicidad en lo estético, en los gustos, la liviandad de las elecciones humanas. Conoce las vidrieras de los cuerpos idiotas y su aceptación por los compradores. ¿Tendré tiempo para cambiar todo esto? ¿Necesito la ayuda de alguien que arme el rompecabezas que tengo en la mente? No lo sé. No sé nada., nadie sabe un carajo pero hablan porque tienen lengua. Estoy en el límite. En el borde del abismo. Me tiro, no me tiro. ¿Me están tirando? Mi cuerpo me molesta, desde las manos, hasta los pelos. Todo me hiere, el aire, este papel, la consagración de los imbéciles con diploma de vivo. ¿Cuándo va a pasar todo esto? ¿Cuándo va a parar todo esto? Pido permiso para sentir, pido permiso para ser. ¡Corréte, ahí viene uno y te hace mierda! No te corriste, perdiste. No me corro, muero. Y ahí viene otro más fuerte y lo hace mierda al que me mató a mí. ¡Despertame! Decime que lo estoy soñando, que anoche me dormí y que hoy empieza todo de nuevo. ¡Decime que mi gente no se enferma! ¡Decime que mi gente no sufre! Decime que mi gente no se odiará jamás. ¿Qué te estoy pidiendo? ¡Si tu gente es igual a la mía! ¡ Si tu gente es la mía! ¡Tu mundo es el mío! Me caigo y me levanto. Y no estoy soñando. Me caigo y me levanto de vuelta. Y ya levantado me quiero levantar otra vez porque no noto la diferencia entre estar tirado y parado. ¿Hay diferencia? ¿Perdí el único tren de la verdad? ¿Existe ese tren? La estación está casi vacía. Los que esperan son todos locos. Como yo. ¿Cómo puede haber gente hoy que espere la verdad? Verdad. Verdad. Verdad... Paciencia. Esperar, cerrar los ojos. Mojarte la cara. Intentar ser agradable y lograr la aceptación de todos y de nadie. Maldecir. Escupir. Pensarlo todo. El vidrio está empañado, y no se ve afuera. Te dicen que hay sol pero está lloviendo. ¿Nadie puede ayudarme, carajo? Desde que nacemos ya estamos muriendo. En cada minuto, en cada segundo. Pero no lo sabemos. No lo notamos. Necesitamos los anteojos del alma y no los usamos. Los ojos ven lo que quieren. La gente nos hace a su medida. Y yo no puedo aceptarlo. Me niego con toda la poca fuerza que me queda. Mi aire está contaminado de tu aire. Y mis palabras se están rindiendo de a poco. Me tiro. Me estoy tirando. Estoy cayendo. Y abajo no hay nada. Ya está. Ya me fui.



24/2/93 al 30/04/1999

Instantes

El futuro incierto, combinado con el pasado inmóvil y el presente fugaz, hacen del mapa incompleto de la vida un lugar dolorosamente hermoso.

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Usted sabrá entender mi poca habilidad para convencer a la gente. Sabrá disculpar que no busque nunca dar a conocer mi parecer sobre casi ningún aspecto que se me consulte. Es que desafortunadamente no conozco a nadie que me interese darle a conocer mi postura sobre nada.

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Mirando las golondrinas al alcance de la mano no se ven otras golondrinas en el cielo.

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El miedo es un impulso exterior que invade nuestro físico. No está mal sentirlo, es perfectamente lícito tener miedo. Lo crucial es la respuesta que le demos a ese estímulo, que puede ser la continuidad del miedo y como consecuencia la cobardía, o el enfrentamiento a ciegas con el miedo, convirtiéndolo en la más cruda valentía.

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La felicidad es una palabra vacía. Mientras no asumamos nuestra condición de animales y podamos de esa manera actuar instintivamente sin la sanción o la potencialidad de la sanción exterior, seguiremos navegando entre lo que esperan de nosotros como seres sociales el resto de los seres sociales.

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“Hay sillas que no se llenan con nada”, me convidaron cierta vez, hablando de alguien que ya no estaba físicamente. Me pareció una reflexión simple, de las más angustiantes que me hayan dicho.

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Vendería mi alma al diablo por crear una canción, no una linda canción, simplemente una canción.

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Si en algún momento de la vida hablamos de la distancia como culpable de un fracaso, estaremos reconociendo la poca voluntad y empeño que ponemos en nuestras empresas.

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Si hay algo que me atemoriza es levantar la cabeza, mirar al espacio y reconocerme tan infinitamente pequeño. Si hay algo que me da valor, es que mi pequeñez sea solo mía.

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No hay mejor manera de intimidar a la gente, de hacerle sentir nuestras intenciones que siendo salvajemente directos. La gente no está acostumbrada a eso. Esto no garantiza nuestro éxito pero tampoco lo hace el andar con vueltas.

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Nadie soportaría la vida eterna, ni vivir mucho tiempo más del que vivimos. La ilusión de vivir para siempre no es más que patentar la inconformidad con la vida que uno lleva. Paradoja mediante pedimos más tiempo. Idiotas.

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¿Tendrá relación el hecho de que hablo cuando duermo con que sueño cuando estoy despierto? Debería organizarme.

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La gente se muestra interesante, atractiva y diferente al resto solo en un comienzo de cualquier relación. Muchos buscan la aprobación, agradar, evitar la exclusión y la soledad. Sólo algunos valientes considerados antisociables no salen en busca de la sonrisa del cumplido. Bien cierto es que sufren, pero no menos cierto es que decepcionan menos que los demás. Están un escalón más arriba, pagando el precio de que muchas veces no tienen con quien compartir un vaso de vino.

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Quizás pongamos como espectadores demasiada fe en el arte. Fe que suele transformarse en decepción. O quizás no, y sea el arte quien nos salve de nosotros mismos a pesar de las decepciones. Si supiera que un solo libro de mil que leyera fuera a cambiar mi vida, los leería a todos con mucha más alegría.

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Intentar definir el arte es intentar definir a Dios. Nada nos acerca al arte más que el amor. Nada nos muestra qué es el arte mejor que el arte mismo. No podemos hablar de creaciones mejores que otras ya que todas son inconmensurables entre sí. El arte solo es.

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Es lamentable reconocer a esta altura media de mi vida que hay trenes que no volverán a pasar. Sin embargo la posibilidad de estar equivocado y que uno de esos trenes vuelva a parar en mi estación es lo que me mantiene respirando.

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Evadir la realidad y evitar el sufrimiento –lo cual es lo mismo-, debe ser el fin a lo largo de nuestra vida. Acá sí el fin justifica los medios. Odio no poder encontrar la diferencia entre ser pesimista y realista.

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Fuego, agua, aire, tierra. Qué fugaces somos.

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¿Existe alguien que pueda amar sin censuras, incondicionalmente, apasionadamente, salvajemente, verdaderamente, con toda su integridad, apostando todo, olvidando todo, dejándolo todo, dando la vida si es necesario, sin temores, con alegría, con orgullo, con felicidad, perdonando, acompañando, con sinceridad, honestidad, vehemencia, furia, energía, con la mirada, con las manos, sin leyes, sin testigos, con defectos, con valentía, con lágrimas, con locura, idealidad, heroicamente, sufriendo?

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El dinero envenena el día a día de una manera terriblemente perfecta. Aléjese de él y démelo a mí.

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Tu amor que no llegaba era castigo. Te tuve, y el castigo dejó de ser dolor. Mas luego te perdí y tu amor que hoy no vuelve se ha convertido en la condena más dura. Castigo, dolor, condena, ¿qué cuenta estaré pagando?

La voz y las manos o nada

En esa monarquía donde reinaba un rey corrupto y alejado de la gente, solía haber artistas y todo tipo de personajes reconocidos que utilizaban su voz para despotricar contra las barbaridades del reinado y su perverso sistema de explotación. La gente acudía a las plazas para escuchar a estos oradores, quienes pasaban horas y horas criticando al rey y sus ayudantes. La muchedumbre aplaudía, coreaba canciones de protesta, aprendía poesías de reclamo y pagaba costosas entradas a distintos foros para identificarse con la bronca de quienes tenían facilidad de palabra y poder así confirmar su pensamiento. Después, cada uno se iba a su casa, como quien sigue en el yugo después de un respiro.
Pero esta gente nunca se organizó. No tomó conciencia de lo que podía lograr.
El rey vivió quinientos sesenta años y reinó hasta sus últimos días sin importarle lo que de él se dijera. Heredó el trono su hijo, quien al cumplir diecisiete años mandó a fusilar a veinte mil personas y a desterrar a unas mil quinientas. Las plazas, vacías, guardan hoy los esqueletos de quienes usaron su voz pero no las manos.

Hecho literal

Paralizado, como quien vio un fantasma, retuve la respiración. La oscuridad era tan cerrada que parecía la muerte. Intenté mover las piernas. No pude. Intenté pestañear. No pude. El silencio combinado con el color negro de la habitación hacía un juego torturador. Mi cerebro acelerado trabajaba para derrotar el pánico. Mis músculos se hicieron de madera dura. Mis ojos de sal. El corazón latía con desesperación, buscando alcanzar un ritmo imposible. Sentí cómo se movió hacia el centro de mi pecho. De repente un ruido desde mi garganta. Saboreé sangre. El corazón, una vez acomodado en la mitad de mi cuerpo, descansó por un rato. Traté de incorporarme, de salir corriendo. Imposible. Los latidos comenzaron a ir más rápido nuevamente, empujando el corazón hacia mi boca. Sentía como si un puño buscara escapar de mi centro interior. La sangre inundó mi boca hasta ahogarme. Mis mandíbulas se abrían como las caderas de la parturienta. De a poco el corazón fue ganando espacio y abandonando mi cuerpo. Una vez separado de mí por completo dejó de latir. Otra vez el silencio total. Parálisis. La luz comenzó a encenderse muy lentamente, como amaneciendo.
A los pies de la cama se encontraba una mujer sin rostro. Recogió mi corazón inerte del suelo y se marchó sin decir ni una palabra. Una lágrima cayó de mi ojo izquierdo.
Atontado, alcancé a entender que lo vivido esa noche me había sucedido antes, pero metafóricamente.

RPM

Revoluciones por milenio
De monedas y corazones
Revoluciones de sangre y dolor
Es la procesión de palabras mudas
Que llega a aquellos oídos muertos
¿Cuál es tu revolución?
No importa en realidad
Si la parió tu corazón
Fijate, mi revolución empezó
Cuando nací y supe que iba a morir
Revoluciones que arman revuelo
El revuelo de tu rojo pañuelo
No calles ni caigas porque sí
Imaginate a miles desnudos
Caminando por Florida
¡Y serán todos iguales!
En la cama las pupilas animales
Son iguales, son iguales.
Pensá una revolución de palabras
Que llegue a los oídos muertos
Y los haga resucitar al tercer minuto
Son las revoluciones por milenio
Las que quiebran la línea circular
El mundo gira sin parar, sin mirar
En cien años ya no vas a estar acá
Permitime decirte que ya no vas a estar
Ni acá ni allá, vas a estar
¿Podes entender que cada minuto
Puede ser el último y es único?
El diván que me aguanta es de algodón
Mi revolución no tiene solución
Es como el amor, como el dolor
Pero es mi revolución como canción
No es la salvación ni la reencarnación
No es oro ni barro, cielo o infierno
Es apenas eso, mi revolución
Ganar, perder, no lo voy a saber
Si mi triste revolución gana
Va a vivir mucho más que yo
(Fijate, mi revolución empezó
Cuando nací y supe que iba a morir)
Y si ya no voy a estar, no voy a llorar
Ni a dormir, ni a sufrir, ni a pedir
Pero por ahora hoy estoy
Mañana quién sabe qué va a pasar
Si hay mañana voy a tratar de mirar
De reojo el pasado de ese presente
Que será hoy, llorando, pidiendo
Voy a recordar los pezones de mi madre
Cuando cambié ombligo por calostro
Y cuando vacié mi habitación para irme
Voy a buscar en los viejos cajones
Las cartas de mi padre viviendo lejos
Y reír por la vez que ya no le contesté
¿Fue una pequeña y precoz revolución?
No lo sé, no lo sé
Siempre será igual, nacer para morir
Dos puntos que unimos en vida
Haciendo y dejando de hacer
Fijate, mi revolución empezó
Cuando nací y supe que iba a morir
Son las revoluciones por milenio
Las revoluciones de significaciones
Recién las cinco am como cuando nací
Y mi volcán hierve su lava fértil
Uno es uno solo y sólos vamos a morir
Empecemos la reconstrucción
Derribemos castillos de cartón
Escapate de ese colchón, destrozá el sillón
Tenés las llaves de tu prisión
De tu barco no pierdas el timón
¿Cuál es tu revolución?
No importa en realidad
Si la parió tu corazón

Doña Lita la lloradora

Cuenta cierta gente mayor del barrio de Villa Lugano que allá por los años setenta vivía en alguna esquina Doña Lita la lloradora. Digamos que mucho no se sabe sobre qué fue de esta mujer, cierto es que hoy las viejas del barrio afirman su existencia en tiempos pasados y su dedicación tiempo completo al consuelo de viudas y otros desgraciados. Muchos dicen que ya de muy vieja se mudó a Córdoba donde se supone tenía un hijo. Otros más lengüetas afirman que Lita está presa en Ezeiza.
Su fama de lloradora en un principio la adquirió acudiendo a cuanto velorio ocurriera en las cercanías de su morada. Más tarde, quizás para perfeccionarse, quizás por aburrimiento, la vieja, sin demasiados preámbulos se le metía a la gente en la casa y le preguntaba en qué podía consolar o qué motivo tenían para llorar todos juntos. Muchas veces la echaban a patadas, pero en otras oportunidades la vieja lograba convencer de lo provechoso que era para el espíritu llorar en grupo. Una vez que era aceptada en una casa, Lita escuchaba las penas de sus habitantes al mismo tiempo que demostraba su compasión con lágrimas verdaderas. A cambio de consuelo pedía algo para comer o algunos pesos. Muchos vieron en doña Lita la oportunidad de excusarse a través de ella con los familiares en desgracia. Y se comenta que han llegado a mandarla -a cambio de ofrecerle una buena cena- con una nota de disculpas ante un viudo rogándole a éste que tome el llanto y las palabras de la lloradora como si fueran propios. Otros, con más predisposición para los negocios, llegaron a ofrecerla a domicilio –incluso al interior- por dos con cincuenta la hora más gastos por viáticos.
Desvirtuada su fama de lloradora sincera por culpa de la viveza de algunos sátrapas, a nuestra vieja de ojos colorados no le quedó más remedio que desaparecer. Y aunque muchos criticones festejaron su supuesta huida, la verdad es que algunos viejos inmersos en la soledad con mucho gusto hubieran pagado a cambio de alguna lágrima de compañía.

De cada uno

Todo depende de cada uno.

¿Cuánto hay de cierto en esta afirmación? Para no embarcarnos en la tediosa tarea de hablar del destino, prefijado o no, optaremos por pensar que uno nace animal, lo socializan, se auto-socializa también -¡cuántas veces a la fuerza!-, se arma, aprehende el mundo a lo largo del camino, y en el camino termina por hacerse sujeto, humano social.

Podríamos aceptar y fundamentar que muy pocas cosas dependen de cada uno. Que en la ruleta de todas las escalas a uno le toca su lugar y, salvo contadas excepciones, desde la cuna hasta el hueco final, el camino se mantiene único e inalterable. Es importante resaltar que para esta postura, las excepciones no son más que eso: excepciones (contemos los maradonas del mundo y serán golondrinas sin veranos). Y que para poder hablar en términos generales, no es posible tenerlas en cuenta para pensar cuánto depende de cada uno torcer un camino bravo o mantener uno de rosas sin espinas.

Por otro lado podríamos afirmar lo contrario: con esfuerzo se llega, o que el punto de partida es el mismo para todos y lo que a uno le toque en el camino dependerá de sus elecciones y decisiones, y que las consecuencias serán el resultado de los errores y aciertos.

Aquí aparece una tercera postura: Hay un poco de ambas, la fortuna también tiene su peso.

Hablando de lo material, la primera postura dirá lo siguiente: “Se nos plantea que el esfuerzo de cada uno dará sus frutos en algún momento, sin embargo esta pseudo-verdad, que compramos casi ciegamente, no hace más que ocultar el verdadero meollo de la cuestión”. Entiéndase: Por mucho esfuerzo que le ponga uno a ascender en la escala social, los lugares están ya repartidos, las cartas están ya en la mesa, y quien tenga las mejores barajas luchará por mantenerlas de manera conciente e inconsciente haciendo sentir su peso sobre las demás. Es más, aceptamos quienes tenemos los cuatro de copas no tener un lugar mejor en esa escala, culpándonos de no ser mejores personas, mereciéndonos lo que tenemos y endiosando al que tiene más por ser supuestamente “más competitivo”.

Los que creen que el esfuerzo empecinado a la larga los llevará al éxito que cada uno se proponga podrán decir: “Nada de lugares inaccesibles, de metas inalcanzables, si usted se propone algo y se prepara para obtenerlo mejor que los demás, será casi imposible que las piedras del camino sean lo suficientemente grandes como para derribar sus sueños”.

El mundo de hoy, es cierto, está así planteado, los que tienen y los que no tienen, los que están dentro y los que están afuera. Replantearnos los sueños es un punto de partida obligatorio para al menos intentar explorar porqué tanta insatisfacción y fracasos en la sociedad actual.

Pero retomemos la idea primera: ¿Todo depende de cada uno?

Desnudemos la pregunta. ¿Qué es todo? ¿Qué es cada uno? Y el lazo que une el todo y cada uno: ¿Qué debemos hacer si es que hay que hacer algo? Pareciera fácil afirmar que hoy ese todo se refiere a bienes materiales, que la apropiación por la apropiación en sí configura un motor sangriento que sólo conduce a una vida vacía de sentido real. ¿Qué es cada uno? Cada uno es ese pequeño lugar que ocupa en el mundo, su puesto en la cadena de producción, su fuerza práctica más allá de sus pensamientos críticos. Todo esto viene a darle una explicación actual de lo que cada uno es, con las consecuencias nefastas que esto supone. ¿Qué hay de lo que uno debe hacer? Poco queda por decir respecto a esto. El espacio que el sistema deja para torcer verdades aceptadas por todos es casi nulo, el margen que queda para llevar a la práctica lo que en el fondo cada uno piensa de sí y para sí es molido a palos –en hechos o potencialmente-por quienes ven en este margen un peligro de liberación de oprimidos. Oprimidos que además llevan al opresor bien adentro, como inteligentemente afirma el pensador brasileño Paulo Freire.

Entonces, ¿cuál es el debate? ¿Cuál debería ser el debate? Yo veo que los debates se quedan a mitad de camino, la mayoría por teorizar demasiado y no poder bajar a tierra ideas que se quedan en una nebulosa de palabritas lindas, otros no sólo por lo anterior, sino por alimentar lo que critican creyendo que las críticas de manual dan herramientas para la superación personal. Porque no está mal la crítica al fetichismo material, siempre y cuando eso no se convierta en una vía de escape para la imposibilidad de la mayoría de acumular materia. O lo que es igual o peor, utilizarlo como excusa para la destrucción de lo ajeno.

No.

El debate debería ser anterior, y aquí me paro: Deberíamos darle a lo material el lugar que merece, el de lo que llamo lo “simple-material”. El debate debería estar planteado en un nivel superior y anterior. Es decir, ¿Cómo logramos que la sociedad entera encuentre satisfacción y sentido a su vida sin que lo material juegue un papel determinante dentro de ella? ¿De qué manera el consumo a ciegas puede ser reemplazado por una concepción del mismo como algo funcional y temporal de simples necesidades físicas? ¿Cómo logramos que esas escalas de las que hablábamos al comienzo no sean definidas por el “estar adentro o afuera”, “tener o no tener”? ¿Son el egoísmo, la ambición y el poder, cualidades naturales de la raza humana? ¿Cuánto contribuye la educación familiar y escolar entre otras a allanarle el camino a este círculo vicioso y pernicioso? ¿Cómo convencemos al mundo de que otra realidad es posible? ¿Con qué argumentos convencemos al opresor de que no necesita oprimir para realizarse como ser humano? ¿Cómo hacemos para que los oprimidos dejen de luchar por lo que nunca serán y tendrán creyendo que es posible el salto a un lugar que creen mejor?

Entonces ¿depende todo de cada uno? Creo que sí, en la medida en que las metas sean alteradas; que si uno respeta y ve a los demás como “iguales diferentes” y el porvenir de algunos no signifique la pena de otros, es perfectamente lícito pensar que todo depende de cada uno. Mientras la lucha cotidiana sea por obtener algo que de por sí es escaso, estaremos hablando de opresores y oprimidos, adentros y afueras. Tomar conciencia de cuán perdidos nos encontramos en el laberinto que creamos y alimentamos, ocupemos el lugar que ocupemos en la sociedad, es el primer paso para asomar la cabeza y encontrar la salida por sobre los gigantescos muros de hierro.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Mis milagros

En no pocas oportunidades me he formulado una incógnita que –al menos eso creo hoy- no podré descifrar en vida. Aunque al final de mi relato proponga yo una especie de respuesta a mi propia pregunta, creo que el tema no puede cerrarse aquí.
Antes de proseguir debo aclarar que creo en los milagros. Paso a explicar. Milagro es para mí un hecho (ostensible o no) producto de alguna fuerza divina. Repito, ostensible o no. Un milagro sería la curación de una enfermedad determinada, una resurrección, una visión, o simplemente alcanzar el colectivo para ir a trabajar. En fin todo aquel acto cuyo origen fuera inexplicable para la razón del hombre es un milagro. Pero también lo será aquél que por su simpleza no nos permita ver todas las condiciones que hicieron falta para lograr determinado hecho. No considero milagro a la concreción de algunos amores imposibles, por ejemplo.
La incógnita es la siguiente. Suponiendo que sea Dios el generador de tales milagros, mi pregunta es ¿cómo consigue Él la alteración de determinado estado de cosa o cosas sin alterar su entorno? Si Dios pusiera la mano sobre mi vida y me permitiera volver atrás una hora –por no decir un año- ¿cómo logra Él que ese cambio no afecte a los demás? ¿Cómo los demás –aquellos a los cuales mi accionar, mi presencia, mi voz, mi andar los afecta- no se dan cuenta del cambio? Podemos caer en la respuesta fácil y decir que Dios todo lo puede, pero por este camino llegaríamos inexorablemente a una especie de llave de paradojas tan estériles como insostenibles.
Ante determinadas situaciones de desesperación, de falta de respuestas, de imposibilidad total de cambiar el destino (¡es allí cuando el futuro se hace predecible; ante lo inevitable, ante la desgracia ineludible!) todos esperamos y nos sostenemos como si estuviéramos en medio de una gran tormenta, de la frágil rama del único árbol vivo, el árbol de los milagros. Es allí cuando el punto blanco a poco de hacerse invisible dentro de tanta oscuridad, nos da un resto para respirar unas veces más. Pedimos algo a cambio. No se a quién, pero pedimos. Al destino, al futuro, a Dios o a todo a la vez. “Si ocurre A, entonces nosotros haremos X”; “si B no ocurre, entonces C”. O aun más: Al suceder D sin pedirlo, sin esperarlo, entonces F. Éste último ejemplo es de los que yo llamo “milagros puros”. Pero volviendo al planteo original, lo que me pregunto es cómo un milagro entendido como el quiebre en el destino de cada uno, como un reempezar, como un giro imprevisto dentro del libreto de la vida, afecta sólo a la persona “beneficiada” por el milagro en sí. ¿Será acaso que los milagros se dan en pocas oportunidades porque para su concreción se necesita una serie de factores desencadenantes? El cambio en la línea recta –o circular, para este caso no afecta la dirección de la línea-, luego de la intervención milagrosa, no puede afectar sólo a una persona si desde el vamos esa persona está inmersa en una serie de relaciones sociales. Y aquí me corrijo: no es que los milagros se den en pocas oportunidades, sino que se hacen “visibles” no muchas veces.
Frente mi planteo, acaso inútil –lo reconozco- sobre esta cuestión de cómo afectan los milagros a los hombres, se me ha ocurrido lo siguiente: cuando un milagro es llevado a cabo por llamémoslo “El Milagroso”, lo que cambia es el mundo entero. Más allá de “lo individual” del milagro, no es posible hablar de milagros si no consideramos un quiebre –de tiempo por ejemplo- en la continuidad de las vidas todas. No se me ha ocurrido milagro alguno cuyo poder afecte sólo a una persona. Eso sí sería un milagro (o milagro potenciado para conceptuar correctamente). Desde mi punto de vista la vida está repleta de milagros, sólo que casi en su totalidad no se hacen presentes a los sentidos humanos. Gran error el del hombre que confía sólo en sus sentidos, como si a través de ellos se pudiera captar, aprehender, copiar o comprender la realidad exterior. Estaremos de acuerdo usted y yo en que tampoco el lenguaje es capaz de alcanzar la realidad. Y aunque a Niestzche jamás se le hubiera ocurrido confiar en los milagros sino más bien en las capacidades del hombre como máquina, a mí en particular me persuade más el consenso entre ambas ideas. Creo que la vida está llena de milagros, pero creo también que la capacidad de los hombres puede forjar un destino particular que dependa menos de esos milagros para sobrevivir. Pero claro, al vivir en sociedad, al con-vivir, al relacionarnos, al ser todos un “todo”, no nos quedará opción alguna más que la de aceptar que somos parte de un milagro general, a veces para beneficiar, otras para perjudicar, pero nadie puede escapar a esta verdad sólo entendible dentro de un lenguaje de “milagrosidad”.
Para cerrar estos párrafos resumo: los milagros –como yo los considero- existen. Todos esos milagros cotidianos no pueden existir sin afectar a la humanidad completa. Los hombres consideran milagros sólo a aquellos que se hacen palpables a los sentidos. Aun así hay mucha gente que no cree en milagros. Para mí la vida misma es un milagro, que yo esté aquí, ahora, con los ojos abiertos, no puede ser un ejemplo más claro de lo que es un milagro.

María del Carmen

María del Carmen es una mujer callada, de palabras elegidas y contadas. Suele pasar horas, tal vez días pensando en alguna idea que se le anida en el pelo negro, llegando a perturbar reciamente su lucidez. Se siente la sombra de una mujer vivaz, movediza, seductora y valiente. Como si en sus actos repitiera en cuestión de horas la vida de quien desea ser, anda con sus piernas flacas. Su estatura intimida, sus cejas fruncidas y tupidas acompañan una mirada que guarda todo el terror potencial de sus pensamientos. María del Carmen sufre. Siente sus avispas entre la ropa antigua que usa día a día, se las traga por un rato y después las vomita vivas al corazón. Pobre corazón de esta mujer, tan grande y vacío, roto por un pasado mal escrito, borroso. Deambulando se desliza por sus rincones, usando los pies largos y frágiles que heredó de su padre. Con sueños quebrados, interrumpidos, borrosos, anda esta mujer que la han bautizado María del Carmen. Diez dedos infinitos y huesudos le cuelgan de las manos, casi armonizando con la estructura de su cuerpo. Por poco y suenan entre sí, como dándole simetría al ruido de sus tacos de madera. Cuando despierta se queda atascada en sus pensamientos incongruentes y paradójicos, y sabe colgar las pupilas del techo manchado, sucio, corroído por su aliento. Antes de dormir prepara el despertador antiguo para que la despierte a las seis, sin embargo ya hace años que lo apaga y sigue un poco más. Mucho tiempo después de abandonar el sueño gira la cabeza pesada a uno de los costados, donde tira el ancla por horas. Nadando en la corriente leve de sus pensamientos pesados se hunde y vuelve a flote, buscando con toda su poca fuerza el destino incierto. Se viste. Piensa cada movimiento como esperando que un error la salve de sus irrisorios aciertos premeditados, como si una luz repentina fuera a darle un poco de brillo a tanta oscuridad inexorable. Nunca se maquilla, no porque no le guste cómo fuera a verse su rostro, sino simplemente porque no quiere cargarle más peso a su cabeza de acero macizo. Prefiere su palidez de susto y malestar continuo. El miedo al miedo la hace dubitativa y pensante.
Ayer cumplió treinta y dos años, ayer catorce de noviembre. La visitaron, como siempre, los dos hermanos de su padre, Joaquín y Enrique, ambos solteros. A la tarde también la acompañaron su tío Alejandro, hermano de su madre, con su mujer María Cristina, y sus hijas, Mónica y Cristina. María del Carmen recuerda con tristeza y agradecimiento la crianza a los tumbos que Alejandro y su mujer le han dado. Luego de la muerte de los padres de María del Carmen ellos la tuvieron como primera hija, pues la niña tenía tan sólo cuatro años cuando todo pasó. Ahora es una mujer. Ayer pasó el día repartiéndolo entre lágrimas y sonrisas de compromiso. Porque si hay algo en esta mujer que es irreprochable es su cortesía, muchas veces desmedida hasta la incomodidad. No por ser su cumpleaños dejó de dormir hasta la hora de siempre, tampoco se sentía especial, ya que sabía que su día no le traería ninguna señal de que su vida fuera a cambiar.
María del Carmen presiente que no va a cambiar nunca, se siente en una botella en el medio del mar, sin mensaje, sin aire, sola, a la deriva, desgastada por su eterno bamboleo. Sin embargo hay noches que la encuentran más despierta, más viva. Si el cielo está estrellado sale a caminar por el jardín con una tenue sonrisa interior. Sus árboles viejos, su mesa de cerámica, su perro labrador, el farol, la luna clara, le causan un placer que la salvan por un rato, como si todo ese escenario le hiciera vivir una obra de teatro escrita para ella. Esa atmósfera le da cierta paz. Le da cierto placer saborear su propia pequeñez, su soledad crónica dentro de un universo que la abraza hasta matarla, un universo grande como el hueco en su pecho. Pero sigue viva y esperando. María del Carmen sueña despierta en su contexto de cartón y se sumerge en sus esperanzas de cambio. Cuando la brisa la acaricia siente que se estremece, pues le da fe y la diferencia de la nada absoluta, espacio en el cual se ha sentido encajonada y vegetando. Después, como cuando los árboles buscan la luz hasta inclinarse, regatea y manotea una idea que le permita seguir viviendo, una frase, una imagen, un símbolo, un recuerdo, aunque sepa que seguirá respirando su propio aire viciado de pavor y locura latente. La mujer se miente sabiendo lo que hace, pues ella misma empalaga con sal su herida de muerte. Pero, contradicción mediante, es esa salazón la que le presta tiempo para huir hacia adentro. Es su propio dolor lo que recorre su cuerpo, saliendo ya sucio, negro, desde su corazón y manchando cada rincón de su ser. Y se suicida en vida con el cuchillo filoso de su mente. Y llora. Y sus ojos, eternamente rojos, heridos por los puñales indiferentes y profundos de su camino, incurables, ya no ven más allá de su burbuja de encierro y porvenir postergado.
No recuerda siquiera una noche en la que no haya soñado. A veces, cuando el sueño la perturba, anota lo que recuerda en un borrador que guarda bajo llave. Su último sueño fue descripto entre temblores y respiración cortada. Decía algo así:


“...El animal me maniató la cintura a un árbol, no era un perro o una hiena, pero se le parecía. Su forma no era algo definido, cambiaba su estado de un momento a otro. Tenía por momentos manos de ser humano y orejas enormes, como de elefante. Después parecía un mono con ojos achinados. Me lamía el cuello, dejándome toda la baba pegajosa, hasta secarse y formar una lámina transparente que se mezclaba con mi sudor. Mi cuerpo lo disfrutaba, pero a la vez sentía pánico por lo que podría venir. Después el monstruo me golpeaba la cara con un látigo, deformándome, destrozándome y chupándome la sangre con su lengua de arena. Otros animales, que sí pude reconocer, perros, gatos, arañas, gusanos, se acercaban a mí atraídos por el olor a mi sangre que se volvía cada vez más fuerte. Mientras orinaba, ellos lamían todo a su alcance. Todo de mí. Y yo lo podía gozar sin culpa, sin remordimiento alguno. Luego de acabar conmigo, cada animal se transformaba en algo distinto, en una flor, en un pájaro celeste, en un corazón... Luego desperté, mi ropa de cama estaba mojada...”


Este tipo de sueños, que tanto la angustian, son una constante en su vida de incansables tormentos. ¡Cuántas veces ha soñado con no despertar jamás! ¡Cuánto más hubiera preferido morir a despertar y seguir en su jaula personal! Pero como si fuera muda, ciega, sorda, la mujer solo respira. Ya no recuerda la última vez que rió de verdad. Se siente avejentada, doblada. Las líneas de su cara forman grietas en bajada, como guardando paso a algún posible deshielo desde su corazón congelado. Solitaria, vencida, sin fuerzas, no encuentra sentido a ser. No encuentra salida, no la busca tampoco. ¿Qué mal pudo haberle robado la vida? ¿Qué pócima diabólica le han inyectado? Hay días en los que pretende buscar, se miente, se vuelve a crear escenarios ficticios que le dan respuestas difusas. Pero, ¿Respuestas a qué? ¿Qué se pregunta?
Hace unos meses atrás María del Carmen revolvía unos cajones buscando una fotografía. En ella, según recordaba, se encontraban su padre y su madre. La imagen había sido tomada desde una terraza, o un árbol, no sabía bien. Pero tenía muy claro que la perspectiva hacia ellos era desde un lugar alto, quizás una escalera exterior. Su madre, tan joven como siempre, llevaba el vestido blanco con rayas rojas y negras con el cuál fatalmente murió. Su padre, como siempre, lucía su overol gastado y sucio. María del Carmen literalmente dio vuelta la casa en busca de esa fotografía. Y no la pudo hallar. Sin embargo, en medio de su afán encontró algo que la conmovió. Era una carta que su padre le había escrito a su madre hacía unos treinta y cinco años atrás. En ella, su padre le confesaba a su prometida el deseo de “casarse y vivir juntos hasta la muerte”. María del Carmen la leyó hasta el último punto, donde finalmente se quebró y gritó hacia adentro. Con su lenguaje interior de represiones y barreras de vidrio blindado, gritó como siempre lo ha hecho. Sin derramar una sola lágrima, postergó la tristeza por un rato y se quedó dormida. Al despertar, su angustia no había cesado, y su rabia por aquella fatalidad seguía aún presente. “-Tantas cosas quisiera preguntarte, papá...”, pensó. Y abrazó esa carta como si sintiera a su padre muy cerca, con su olor, con su piel dura. Con tanto amor se clavó ese recuerdo en el pecho, con tanta furia que podía sentirse tan muerta como él. ¿Y su madre? También sentía su ausencia, también la sufría. Pero con él era distinto, su padre era a quien realmente echaba de menos. Y se confundía, no sabiendo si podía querer tener consigo a alguien a quien casi no conoció, o si en realidad su alma buscaba otra cosa de ese hombre tan difuso en sus pensamientos, en su corazón. Y comprendió que su dolor venía consigo desde su nacimiento, que más allá de las presencias que tanto añora hay algo en ella que la obliga a digerir el gusto a oscuridad y encierro de su propia vida sin poder desatarse. ¿Suicidarse? ¿Y luego qué? ¿Y si el milagro se produjera? ¿Y si su vida cambiara? ¿Cómo no habría de estar allí para vivirlo? Su conciencia no se lo permitiría. Y se obliga entonces a pensar en esto, se encierra en su idea de continuidad bajo siete llaves. María del Carmen deduce que esta cuestión alimenta su congoja sobremanera, y se le niega a la muerte con toda su fuerza de ser vivo, como cuando el animal se defiende del depredador que busca alimentarse de su carne. Teme que esto sea insuficiente, que en un día de flaqueza la muerte la encuentre y se la lleve. Ahora está pensando en alguna frase que le ayude a dejar esa carta que ha encontrado, quizás una idea, un signo. Y la deja. Y se repone, parándose y saliendo a buscar su perro con ojos de vidrio. Días más tarde resucita de ese momento, sólo para volver a su cruz. Esa cruz que se le pega al cuero cada día un poco más. Y sabe, razona, que no es tan solo la cruz de sus padres, que ellos son solo una astilla más en su cruz pesada. Tiene el sentimiento firme que es su propia vida encarnada en un símbolo, cosa que la esclaviza sin piedad alguna. La pobre tiene el cerebro gastado, ya no puede pensar, a veces se rinde de a poco. Y otras no tanto. Pero siempre termina dormida, como dándose descanso a su batalla permanente. Vuelve a soñar. La violan sus figuras extrañas, la ultrajan, la ofenden miles de hombres sin rostro. Y despierta mojada una vez más. No se siente libre o aliviada por saber que fue solo un sueño, entre humedad y olor rancio se queda colgada del techo, luego mira al costado. Y nada más. Siente las paredes encimársele cada minuto un poco más, y debe concentrarse hasta el dolor para convencerse de que no es así, de que es simple y lentamente ella la que se hincha como si fuera a estallar en algún momento para desparramar su totalidad tan infinitamente pequeña. ¿No es que sus tormentos son ella misma? ¿No es ella la encarnación del sufrimiento? Por momentos se hace imposible no definirla sin confundirla con el peor de los castigos. Ella no vive un infierno, ella es el infierno. Ella no tiene pena, ella es la pena misma. Quizás sean los únicos sentimientos claros que ella tenga de sí misma, más que nada porque no sabe definir la lástima, el encono o la impotencia en la que navega. Hay instantes paradójicamente extensos en los que sufre como si una trasmigración de millones de almas de cuerpos ajenos en sucesivas reencarnaciones le hubiera caído solo a ella.
Vuelve a soñar, mojando la almohada con lágrimas calientes, apretando los puños hinchados, retorciendo los pies fríos, con los ojos tremendamente rojos, sintiendo el corazón en cada parte de su cuerpo. Su pesadilla total le dice que ella misma es su corazón, que cada minuto es un latido lento con sonido ruidoso y lejano, que se va apagando como su vida. Entre su inverosímil contradicción y el pequeño espacio que la oscuridad le han dejado de conciencia viva, sale de la cama, se arrastra hasta el cajón con pastillas. No está despierta, tampoco completamente dormida. Hay algo en ella que la lleva hasta ahí. Siente que hay alguien que busca a su lado, ayudándola. Trata de reconocer a ese semejante con el tacto, con el ruido de su respiración, con el olor. Pero ya vencida, se rinde a saber quién es, pues tiene la terrible esperanza de despertar y encontrarse completamente sola en su habitación de pánico y tristeza para volver a soñar. Sus manos temblorosas siguen buscando, orientadas por la brújula del instinto. Encuentra el frasco a la vez que una mano extraña la toma de la cintura. No se resiste, no termina de despertar. Se siente en el aire, flotando, como si una fuerza sobrehumana la hiciera levitar, quitándole todo el peso del cuerpo. ¿Está soñando? Pasados unos segundos cae al suelo y se arrodilla ante su cama, apoya la cabeza con los ojos abiertos y la conciencia nuevamente cerrada. Abre el frasco con los dientes, siente el aliento ajeno en su nuca. Desesperadamente entierra en su boca un puñado de esas pastillas grises. Tantea buscando las que cayeron al suelo, tragando y sacudiendo la cabeza para atrás. El frasco vacío rueda por el piso, lentamente, casi sin ruido. María del Carmen entonces despierta del todo y comprende lo que acaba de hacer. Se entrega sin resistencia. Sola en su cuarto se enreda con su propio cuerpo. Se retuerce de un dolor indescriptible. Balbucea palabras a medias, hasta que la escena alcanza un silencio sepulcral. Su cuerpo, tendido en el suelo, encuentra la quietud y la calma. Su perro larga un alarido final, estirando el cuello y cerrando los ojos. La casa queda muda, el cielo negro sigue rodando, el farol sigue iluminando. Su último respiro, visible, le pone fin a una historia no contada jamás.
Todo terminó, los sueños, las torturas, los latigazos, ya no son siquiera un recuerdo. María del Carmen no está allí para sufrirlo. Ella se ha ido con el peso de su alma cargada a otra parte. No sabe exactamente cuándo o cómo, pero sus días han terminado para siempre. El cuerpo relajado yace entre la doble oscuridad de las paredes y la muerte. La luz al final del túnel es inalcanzable. La voz de sus padres guarda un alivio pasajero que busca rescatarla de su vieja vida para que ella misma pueda parirse y darse a luz entre tanta oscuridad. Pero la mujer ya no tiene fuerzas, es piel y huesos inertes, y el túnel y la luz no le parecen propios. Ya muerta se deja morir otra vez, dejando que las esquirlas del proceso la desintegren. Y desaparece del túnel, la luz se apaga junto a las voces queridas, el cielo deja de rodar, transformándose ella en polvo. Una brisa tan similar a aquella que la estremecía y le daba fe, ahora la mezcla con la nada absoluta, haciéndola invisible, separando cada partícula de su ser en el aire limpio y puro. Ya no puede sentirse, ya no puede soñar, ya no piensa ni se agita. Ya no sufrirá nunca más.